SECCION 23 >
PROBLEMAS DE SALUD EN LA INFANCIA
CAPITULO 257
Problemas de desarrollo en la infancia
Los problemas de desarrollo en la infancia
incluyen, entre otros, un progreso insuficiente, problemas de comportamiento,
de alimentación y de sueño, dificultades para ir solo
al baño, fobias, hiperactividad, falta de atención y dificultades
de aprendizaje.
Progreso insuficiente
El progreso insuficiente se refiere principalmente
a un retraso en el crecimiento físico (tamaño); el desarrollo
(la maduración) también puede retrasarse como resultado
de un insuficiente crecimiento físico o de problemas causados
por un retraso en el crecimiento.
Causas
La incapacidad de progresar suele afectar a los
niños pequeños, especialmente a los menores de 2 años
de edad. Un niño incapaz de progresar no está recibiendo
suficiente nutrición como para crecer y desarrollarse de forma
normal. Puede presentar un trastorno físico subyacente que afecte
a su capacidad para ingerir, absorber, procesar o retener los alimentos.
Pueden también influir ciertos factores psicológicos,
sociales o económicos. El niño puede no tener apetito
o puede no estar recibiendo alimentos suficientes. La falta de apetito
puede ser consecuencia de una depresión. Un niño que no
recibe suficiente estímulo social puede deprimirse, como sucede
con un niño aislado en una incubadora que no recibe suficiente
atención por parte de los padres o de las otras personas que
le cuidan.
Diagnóstico
Los lactantes y niños pequeños siempre
se miden y se pesan durante las revisiones periódicas. El médico
compara estas mediciones con las obtenidas en la visita anterior, así
como con los cuadros que indican la relación altura-peso estándar.
Si el ritmo de crecimiento es adecuado, el niño puede ser normal
aunque pequeño de tamaño.
Para determinar por qué el niño es
pequeño, el médico realiza un examen físico y formula
preguntas detalladas a los padres acerca de la alimentación,
los problemas sociales y las enfermedades que el niño ha tenido
o las que afectan a la familia. Pueden realizarse análisis sistemáticos,
como un recuento completo de sangre. Se realizan exámenes más
extensos únicamente si el médico sospecha que existe alguna
enfermedad subyacente.
Pronóstico y tratamiento
Se debe tratar de inmediato cualquier enfermedad
que parezca estar causando dificultades de progreso en el niño.
La respuesta del niño al tratamiento depende del problema específico
que causa la dificultad de crecimiento. Si el niño no se está
alimentando lo suficiente, el médico busca posibles factores
psicológicos, sociales o económicos, además de
los de índole física. En ocasiones, especialmente en los
casos en que no se encuentra ninguna causa subyacente, se puede necesitar
la intervención de un servicio de asistencia social o bien un
tratamiento psicológico o psiquiátrico para los padres
o para quienes cuidan del niño. En raras ocasiones, puede recomendarse
que el niño reciba el cuidado de una familia adoptiva.
Los niños que no progresan, especialmente
durante el primer año de vida (un momento importante para el
crecimiento cerebral), quizás nunca puedan alcanzar desde el
punto de vista social o del desarrollo a los niños de su misma
edad, aun cuando mejore su crecimiento físico. El tipo y el alcance
de los problemas de desarrollo o sociales y emocionales varían
según el niño. En un tercio de estos niños se observa
que el desarrollo mental, especialmente las aptitudes verbales, siguen
estando por debajo del nivel normal. Alrededor de la mitad de los niños
continúa teniendo problemas sociales y emocionales o bien de
alimentación, como un carácter caprichoso o lentitud para
comer.
Problemas de conducta
Los problemas de conducta son patrones de comportamiento
tan difíciles que amenazan las relaciones normales entre el niño
y quienes le rodean.
Los problemas de comportamiento pueden ser causados
por el entorno del niño, su salud, su temperamento innato o su
desarrollo. Una mala relación con sus padres, profesores y personas
que le cuidan también puede ser la raíz de un problema
de conducta.
Para diagnosticar un problema de comportamiento,
el médico o el terapeuta pide a los padres una descripción
completa y cronológica de las actividades del niño de
un día cualquiera. Las conversaciones se centran en las circunstancias
que producen el problema de conducta y los detalles del comportamiento
en sí mismo. El médico también observa la interacción
entre el niño y sus padres.
Los problemas de conducta tienden a empeorar con
el paso del tiempo y un tratamiento precoz puede contribuir a evitar
su progresión. Un contacto más positivo y placentero entre
los padres y el niño puede elevar la autoestima de unos y otros.
Una mejor interacción puede ser útil para romper el círculo
vicioso de comportamientos negativos que causan respuestas igualmente
negativas.
Problemas de interacción entre el niño
y sus padres
Los problemas de interacción entre el niño
y sus padres son las dificultades que surgen en la relación entre
ellos.
Dichos problemas de interacción pueden comenzar
durante los primeros meses de vida. La relación entre la madre
y el bebé puede ser difícil como consecuencia de un embarazo
o un parto difícil. La depresión posparto o la falta de
apoyo por parte del padre, de los familiares o de los amigos también
puede crear tensiones en la relación de una madre con su bebé.
Y además, los impredecibles horarios en los que un bebé
come y duerme contribuyen a dificultar aún más la situación.
La mayoría de los bebés no duerme durante la noche entera
hasta los 2 o 3 meses de vida. Durante este período, la mayoría
de los bebés pasa por frecuentes períodos de llanto intenso
y prolongado. El agotamiento, la hostilidad y el sentimiento de culpa
pueden combinarse con una sensación de desesperación que
afecta a la relación de los padres con el bebé. Esta mala
relación puede detener el desarrollo de las aptitudes sociales
y mentales del bebé y dificultar su progreso.
Tratamiento
A los padres se les puede ofrecer información
acerca del desarrollo de los niños, además de consejos
beneficiosos para la relación con ellos. El médico puede
también evaluar y describir el temperamento del bebé.
Estas medidas ayudan a que los padres se vuelvan más realistas
y se den cuenta de que la culpa y el conflicto son emociones normales
en la crianza de un niño. Tener conciencia de ello permite que
los padres acepten sus sentimientos e intenten reconstruir una relación
más saludable.
Ansiedad de separación
La ansiedad de separación es la ansiedad
que siente un niño cuando uno de sus padres lo dejan solo.
Llorar cuando la madre deja la habitación
o cuando un extraño se acerca es una fase normal del desarrollo
que comienza aproximadamente a los 8 meses de edad y dura hasta los
18 o 24 meses. La intensidad de este comportamiento varía en
cada niño. Sin embargo, algunos padres, especialmente los primerizos,
piensan que la ansiedad por la separación es un problema emocional
y responden con una actitud protectora evitando las separaciones o las
situaciones nuevas. Este comportamiento puede causar problemas en la
maduración del niño y su desarrollo. El padre puede interpretar
la ansiedad del niño como un signo de que está mal criado
y puede entonces criticar a la madre o intentar modificar el comportamiento
del pequeño con reprimendas físicas o castigos.
Tratamiento
El médico o la enfermera pueden tranquilizar
a los padres asegurándoles que el comportamiento del niño
es normal y pueden también enseñarles métodos para
controlar la situación. Se les anima a ser cada vez menos protectores
y restrictivos, para permitir el desarrollo normal del bebé.
Problemas de disciplina
Los problemas de disciplina son comportamientos
inapropiados que surgen cuando la disciplina no es la adecuada.
La
disciplina es una técnica de premios y castigos encaminada a
conseguir el comportamiento deseado. Los esfuerzos por controlar la
conducta del niño a través de las reprimendas o los castigos
físicos, como los golpes suaves, pueden funcionar si se usan
con cautela y con poca frecuencia, pero pierden efectividad si se usan
en exceso. Regañar o pegar a un niño también puede
contribuir a reducir su autoestima y sensación de seguridad.
No conseguir disciplinar correctamente a un niño puede derivar
en un comportamiento socialmente inaceptable. Las amenazas de marcharse
los padres o de alejar al niño pueden ser psicológicamente
perjudiciales.
Las alabanzas y las recompensas pueden reforzar
el buen comportamiento. En los casos de mal comportamiento, un procedimiento
de tiempo de exclusión puede ser muy útil.
Para llevar a cabo este proceso se necesita un pequeño reloj
de cocina y una silla. La silla se coloca en una zona sin distracciones,
como la televisión o los juguetes. Nunca hay que colocarla en
el cuarto del pequeño ni en un sitio oscuro o atemorizante. Las
exclusiones constituyen un proceso de aprendizaje para el
niño. Lo ideal es utilizarlas para algunos tipos determinados
de comportamiento inapropiado.
Los padres deben crear momentos especiales para
relacionarse placenteramente con ellos todos los días ya que
los niños, por lo general, prefieren la atención que se
les presta cuando se portan mal a que no se les haga caso en absoluto.
Los momentos agradables que compartan también les brindarán
una oportunidad de recompensar el buen comportamiento.
Patrón de círculo vicioso
Un patrón de círculo vicioso es un
ciclo de comportamiento negativo (malo) por parte del niño que
genera una respuesta negativa (ira) en los padres o en la persona que
le cuida, seguida de otro comportamiento negativo por parte del niño,
causando una nueva respuesta negativa en los padres.
Los círculos viciosos suelen comenzar cuando
un niño es agresivo y opone resistencia. Los padres o quien esté
cuidando al niño responden con reprimendas, gritos y castigos
físicos. Pueden estar reaccionando ante la habitual actitud negativa
de un niño de 2 años o ante las respuestas de uno de 4,
o bien pueden estar intentando controlar a un niño que ha tenido
un temperamento difícil desde su nacimiento. Estos niños
suelen reaccionar al estrés y al malestar emocional con testarudez,
réplicas insolentes, agresividad y estallidos de mal humor más
que con llanto.
Los círculos viciosos también pueden
surgir cuando los padres reaccionan con sobreprotección y un
exceso de permisividad ante un niño temeroso, aferrado a ellos
o manipulador. Se suele llevar al niño a ver a un médico
por problemas de salud que resultan estar relacionados con
el comportamiento. Un día normal incluye conflictos a la hora
de comer y dificultades cuando los padres deben dejar al niño
solo, como a la hora de la siesta o por la noche. Los padres tienden
a realizar tareas que el niño puede hacer de forma independiente,
como vestirse y comer solo. Suelen creer erróneamente que el
niño resultará perjudicado si se le somete a cierta disciplina.
Tratamiento
El patrón del círculo vicioso puede
romperse si los padres aprenden a ignorar el mal comportamiento que
no afecte a los derechos de los demás, como las rabietas o el
hecho de negarse a comer. Sin embargo, para la clase de comportamiento
que no puede ignorarse, se puede intentar recurrir a la distracción
o al procedimiento de la interrupción. Se puede también
reducir la fricción e impulsar el buen comportamiento alabando
apropiadamente al pequeño. Además, los padres y el niño
deben pasar al menos 15 o 20 minutos al día realizando alguna
actividad que todos disfruten. Si estos ajustes no rompen el círculo
vicioso de comportamiento en un período de 3 a 4 meses, puede
ser necesario que el niño sea visto por un psicólogo o
un psiquiatra.
Problemas de alimentación
Una falta corriente del apetito, causada por un
menor índice de crecimiento, es muy frecuente en los niños
entre 1 y 8 años de edad. Los problemas de alimentación
pueden surgir si la persona que cuida del niño intenta obligarle
a que coma o muestra demasiada preocupación por el apetito del
pequeño o por sus hábitos alimentarios. Mientras los padres
obligan y amenazan, los niños con problemas de alimentación
son capaces de permanecer sentados en la mesa con la comida en la boca.
Algunos niños pueden vomitar como respuesta a los intentos de
los padres de forzarles a comer.
Tratamiento
El tratamiento requiere disminuir la tensión
y las emociones negativas que rodean las horas de la comida. Pueden
evitarse las escenas emocionales colocando la comida frente al niño
y retirándola al cabo de 15 o 20 minutos sin hacer comentario
alguno. Al niño se le debe permitir que coma lo que desee a la
hora que le corresponde, pero es necesario prohibirle picar
entre comidas. Con esta técnica, se recupera rápidamente
el equilibrio entre el apetito, la cantidad de alimentos que se ingiere
y las necesidades nutricionales.
Problemas de sueño
Las pesadillas son sueños atemorizantes que
se producen durante el sueño REM (movimiento ocular rápido).
El niño que tiene una pesadilla suele despertarse por completo
y puede describir vivamente los detalles de su sueño. Es normal
que de vez en cuando tenga pesadillas, así que todo lo que se
necesita es que sus padres o la persona que le cuida le reconforte.
Sin embargo, las pesadillas frecuentes son anormales y pueden indicar
un problema psicológico subyacente. Las experiencias atemorizantes,
incluyendo los cuentos de terror o los programas televisivos violentos,
pueden provocar pesadillas. Esta causa es particularmente frecuente
en los niños entre 3 y 4 años de edad, que no pueden distinguir
claramente entre fantasía y realidad.
Los terrores nocturnos son episodios en los que
el niño se despierta de forma incompleta y con extrema ansiedad,
poco después de haberse dormido. El niño no recuerda estos
episodios. El sonambulismo consiste en levantarse de la cama y caminar
por la casa aparentemente dormido. Tanto los terrores nocturnos como
el sonambulismo suelen ocurrir cuando el niño se despierta de
forma incompleta de un sueño profundo (no REM), interrumpiendo
las tres primeras horas de sueño. Estos episodios duran entre
pocos segundos y varios minutos. Los terrores nocturnos son dramáticos
debido a los gritos y el pánico inconsolable del niño
durante el episodio; son más frecuentes entre los 3 y los 8 años
de edad.
Un sonámbulo camina con torpeza pero no suele
chocar contra los objetos con que se cruza. Parece confundido pero no
asustado. Un niño sonámbulo se despierta de pronto con
la mirada perdida o confusa. Al principio no está completamente
despierto ni puede contestar a las preguntas. Por la mañana es
incapaz de recordar el episodio. Alrededor del 15 por ciento de los
niños entre 5 y 12 años de edad sufre al menos un episodio
de sonambulismo. Del 1 al 6 por ciento de los niños, más
frecuentemente los de edad escolar, padecen sonambulismo de forma persistente.
Un incidente estresante puede desencadenar uno de estos episodios.
La resistencia a acostarse es un problema frecuente,
particularmente en los niños entre 1 y 2 años de edad.
Los niños pequeños lloran cuando se les deja solos en
la cuna o salen de ella para ir en busca de sus padres. Este comportamiento
está relacionado con la ansiedad por la separación y con
los intentos del niño de controlar más aspectos de su
entorno.
El despertar durante la noche es otro problema de
sueño de los niños pequeños. Alrededor de la mitad
de los bebés entre 6 y 12 meses de vida se despierta durante
la noche. Los niños que sufren ansiedad por la separación
también suelen hacerlo. En los niños mayores, el hecho
de despertarse por la noche suele ser consecuencia de una mudanza, de
una enfermedad o de otro suceso estresante. Los problemas de sueño
pueden empeorar si el niño duerme largas siestas durante la tarde
y participa en juegos demasiado excitantes antes de acostarse por la
noche.
Tratamiento
Tanto los terrores nocturnos como el sonambulismo
casi siempre desaparecen por sí solos, a pesar de que pueden
producirse episodios ocasionales durante años. Si los problemas
persisten en la adolescencia e incluso en la edad adulta, es posible
que exista algún problema psicológico.
No sirve absolutamente de nada dejar que un niño
que se resiste a ir a la cama se levante o se quede en el cuarto de
sus padres todo el tiempo que desee para que se sienta mejor. Permitir
que un niño duerma con sus padres no hace más que prolongar
su problema de despertarse por la noche. Es igualmente contraproducente
jugar con el niño o darle de comer durante la noche, así
como castigarle físicamente o regañarle. Suele ser más
efectivo llevar al niño de nuevo a su cama con simples frases
tranquilizadoras. También da buenos resultados contarle un cuento
corto, ofrecerle su muñeco o su manta favorita y dejar una luz
encendida por la noche. Para controlar completamente el problema, uno
de los padres puede sentarse en el pasillo sin hablar, frente al cuarto
y bien a la vista del niño, para asegurarse de que éste
siga en la cama. Entonces el pequeño aprende que no está
permitido levantarse de la cama. También aprende que los padres
no pueden volver a entrar en su cuarto para contarle cuentos ni jugar.
Finalmente, el niño se queda dormido.
En los casos en que el niño se levanta por
la noche y camina por la casa, la instalación de una cerradura
en la parte externa de la puerta de la habitación puede solucionar
el problema. De todos modos, sólo se debe cerrar la puerta con
llave tras una cuidadosa consideración, con el fin de que el
niño no se sienta aislado.
Dificultades en el aprendizaje de los hábitos
higiénicos
Habitualmente, los niños aprenden a controlar
su intestino entre los dos y los tres años de edad y a controlar
su vejiga entre los tres y los cuatro años. A los 5 años,
casi todos los niños ya pueden ir solos al cuarto de baño
y vestirse, desvestirse y limpiarse. Sin embargo, alrededor del 30 por
ciento de los niños normales de 4 años y el 10 por ciento
de los de 6 años no ha conseguido todavía un control nocturno
constante.
Prevención y tratamiento
El mejor modo de evitar los problemas relacionados
con aprender a dejar el pañal es darse cuenta de cuándo
el niño está listo para dejarlo. Si el niño se
mantiene seco durante varias horas y pide cambio de pañal cuando
lo ha mojado es una señal evidente. También lo es que
el niño demuestre interés en sentarse en un orinalito
o en la taza del retrete y sea capaz de seguir órdenes verbales
sencillas. Por lo general, los niños están preparados
entre los 24 y 36 meses de edad.
El
método habitual para dejar el pañal es el de las horas
fijas. Cuando un niño parece estar listo se le enseña
lo que es un orinalito y poco a poco se le pide que se siente sobre
él con la ropa puesta. Luego se le estimula a practicar bajarse
los pantalones, sentarse en el orinalito durante no más de 5
a 10 minutos y a volverse a vestir. Se le dan explicaciones sencillas
una y otra vez y se acentúa la explicación colocando pañales
mojados o sucios dentro del orinal. Cuando el niño actúa
como se esperaba, se le alaba o se le da un premio. La ira o el castigo
por un fracaso o un accidente pueden resultar contraproducentes. Este
método funciona bien en los niños que orinan o defecan
en horarios predecibles. Brindar el estímulo y la recompensa
necesarios resulta difícil si el niño sigue horarios impredecibles.
En este caso es mejor retrasar el aprendizaje hasta que los niños
puedan anticipar la necesidad de ir al cuarto de baño solos.
Un segundo método de enseñanza requiere
utilizar un muñeco. Al niño que aparentemente está
listo se le enseñan los pasos a seguir en el cuarto de baño
simulando que el muñeco está sentado en la taza. Se elogia
al muñeco por tener los pantalones secos y por cumplir satisfactoriamente
con cada paso del proceso. Luego el niño imita este proceso repetidas
veces con el muñeco, al que él también elogia.
Por último, el niño imita al muñeco y sigue los
mismos pasos mientras su madre o su padre le elogia y le recompensa.
Si un niño se resiste a sentarse en la taza,
se le puede permitir que se levante y lo intente de nuevo después
de comer. Si sigue resistiéndose durante días, la mejor
estrategia es la de posponer la enseñanza durante varias semanas.
Alabar o recompensar el hecho de sentarse en la taza con éxito
ha dado buen resultado tanto en los niños normales como en los
niños con retraso. Una vez establecido el patrón, se le
recompensa para cada uno de los éxitos, para luego gradualmente
dejar de hacerlo. Las luchas de poder son improductivas y pueden causar
tensión en la relación padres-hijo. Si se genera un círculo
vicioso de presión y resistencia, es posible romperlo con otras
técnicas.
Mojar la cama
Se dice que un niño moja la cama cuando,
con edad suficiente para poder controlar sus esfínteres, se orina
de forma accidental y repetida durante el sueño.
Alrededor del 30 por ciento de los niños
sigue mojando la cama a los 4 años, el 10 por ciento a los 6,
el 3 por ciento a los 12 y el 1 por ciento a los 18. El hecho de mojar
la cama es más frecuente en los niños que en las niñas
y parece ser un problema de índole familiar. Este problema suele
estar causado por una lenta maduración, aunque, a veces, acompaña
a trastornos del sueño como el sonambulismo o los terrores nocturnos.
La causa puede ser un trastorno físico (por lo general una infección
de las vías urinarias) en el uno o dos por ciento de los casos.
En casos raros, otros trastornos, como la diabetes, pueden hacer que
el niño moje la cama. Este problema también puede tener
causas psicológicas, tanto en el niño como en otro miembro
de la familia.
En ocasiones el niño deja de mojar la cama
para luego volver a comenzar. La recaída suele seguir a un hecho
o a una enfermedad psicológicamente estresante, pero también
es posible que la causa sea física, como una infección
de las vías urinarias.
Tratamiento
En los niños menores de 6 años, el
médico suele esperar para ver si el trastorno desaparece con
el tiempo. En en el 15 por ciento de los niños mayores de 6 años,
el problema de mojar la cama desparece sin más. Si no es así,
se pueden intentar tres clases diferentes de tratamiento: asesoramiento
con terapia de comportamiento, alarmas y terapia con medicamentos.
El asesoramiento con terapia de comportamiento es
probablemente el tratamiento más utilizado. Tanto el niño
como sus padres reciben asesoramiento. Aprenden que mojar la cama es
bastante frecuente, que es posible corregirlo y que nadie debe sentirse
culpable al respecto.
Las alarmas son indudablemente el tratamiento más
efectivo. Curan el trastorno aproximadamente en el 70 por ciento de
los niños y sólo alrededor del 10 al 15 por ciento tiene
recaídas cuando las alarmas se dejan de utilizar. Las alarmas,
que se disparan con unas pocas gotas de orina, son relativamente económicas
y fáciles de instalar. La desventaja de este tratamiento es su
lentitud. En las primeras semanas de uso, el niño se despierta
sólo después de haberse orinado completamente. En las
siguientes semanas, se despierta tras haber orinado muy poco y puede
comenzar a mojar la cama con menos frecuencia. Finalmente, la necesidad
de orinar despierta al niño antes de que llegue a mojar la cama.
La mayoría de los padres comprueba que la alarma puede dejar
de usarse tras un período de 3 semanas secas.
La terapia con medicamentos es mucho menos utilizada
en la actualidad que en el pasado, porque las alarmas son más
efectivas y los fármacos pueden tener efectos colaterales. Sin
embargo, si otros tratamientos fallan y la familia desea un tratamiento
con medicamentos, el médico puede prescribir imipramina. La imipramina
es un fármaco antidepresivo que relaja la vejiga y tensa el esfínter
que bloquea el flujo de orina. Si el tratamiento funciona, el resultado
se apreciará en la primera semana. Esta rápida respuesta
es la única ventaja del fármaco, particularmente si la
familia y el niño sienten la necesidad de curar el problema rápidamente.
Una vez que el niño
pasa
un mes sin mojar la cama, la dosis del fármaco se reduce a lo
largo de 2 a 4 semanas, hasta suspenderse completamente. Sin embargo,
alrededor del 75 por ciento de los niños tratados con imipramina
finalmente tiene recaídas. Si esto sucede, se puede intentar
un nuevo tratamiento de 3 meses con el mismo fármaco. Se toman
muestras de sangre cada 2 o 4 semanas mientras está el niño
bajo tratamiento para tener la certeza de que el número de glóbulos
blancos no ha disminuido de manera importante (un efecto colateral muy
poco frecuente, pero grave).
Una alternativa es el aerosol nasal de desmopresina.
Este fármaco reduce la producción de orina. Tiene menos
efectos colaterales pero es caro.
Encopresis
La encopresis es la defecación involuntaria
que no está causada por ninguna enfermedad o anomalía
física.
Alrededor del 17 por ciento de los niños
de 3 años y el uno por ciento de los de 4 años tiene defecaciones
involuntarias. La mayoría de estos percances se produce por la
resistencia de los niños a ir al cuarto de baño solos.
Sin embargo, a veces están causados por un estreñimiento
crónico que distiende la pared intestinal y hace que el niño
no se percate de que tiene el intestino lleno y además dificulta
el control muscular.
El
médico primero intenta determinar si la causa es física
o psicológica. Si la causa es el estreñimiento, se prescribe
un laxante y se toman otras medidas para asegurar la regularidad de
las defecaciones. Si esto falla, deben realizarse pruebas de diagnóstico.
Puede ser necesario contar con asesoramiento psicológico para
los niños cuya encopresis sea el resultado de su resistencia
a ir al cuarto de baño solos.
Fobia
Una fobia es un miedo irracional o exagerado a objetos,
situaciones o funciones corporales que en sí no son peligrosas.
Las fobias son diferentes de los miedos normales
de una determinada etapa de desarrollo infantil o de los temores causados
por los conflictos en el hogar. La fobia a la escuela es un ejemplo
de miedo exagerado. Puede hacer que un niño de 6 o 7 años
de edad se niegue a ir al colegio. El niño puede directamente
negarse a ir a la escuela o quejarse de dolor de estómago, náuseas
u otros síntomas que justifiquen quedarse en casa. Estos niños
pueden estar reaccionando exageradamente con miedo a la severidad o
a las reprimendas de un profesor, factores que pueden atemorizar a un
niño sensible. En los niños mayores, entre 10 y 14 años
de edad, la fobia al colegio puede indicar un problema psicológico
más grave.
Tratamiento
El niño pequeño con fobia a la escuela
debe retornar a ella inmediatamente para no atrasarse en sus tareas
escolares. Si la fobia resulta tan intensa que interfiere con las actividades
del niño y si además éste no responde al apoyo
otorgado por los padres o maestros, puede ser necesario recurrir a un
psicólogo o a un psiquiatra. Algunos niños se recuperan
de la fobia, pero vuelven a desarrollarla nuevamente después
de una enfermedad verdadera o de unas vacaciones. El regreso inmediato
al colegio no es tan apremiante para los niños de más
edad, cuyo tratamiento puede depender de la evaluación de su
salud mental.
Hiperactividad
La hiperactividad es un nivel de actividad y excitación
tan alto en un niño que afecta a los padres o a las personas
que los cuidan.
Generalmente, los niños de dos años
son activos y raramente están quietos. También es normal
que un niño de cuatro años sea muy activo y que haga mucho
ruido. En ambos grupos de edad, esta conducta es normal para esta etapa
de desarrollo del niño. Sin embargo, el comportamiento activo
es causa frecuente de conflictos entre padres e hijos y puede preocupar
a los padres. El nivel en el que la actividad es percibida como hiperactividad
depende frecuentemente de la tolerancia de la persona importunada. Aun
así, algunos niños son ciertamente más activos
y poseen períodos de atención más cortos que lo
considerado como normal. La hiperactividad puede crear problemas en
los adultos que vigilan a estos niños. Esta alteración
puede tener una variedad de causas, como trastornos emocionales y anormalidades
en el funcionamiento cerebral. Por el contrario, puede también
ser simplemente una exageración del temperamento normal del niño.
Tratamiento
Los adultos generalmente tratan la hiperactividad
del niño con regaños y castigos. Sin embargo, esas respuestas
suelen ser contraproducentes, acrecentando el nivel de actividad del
niño. Puede resultar útil evitar las situaciones en las
cuales el niño deba permanecer sentado por largo tiempo, o encontrar
una maestra experta en el manejo de niños hiperactivos.
Trastorno de falta de atención
El trastorno de falta de atención significa
que el niño tiene períodos de atención escasos
o breves y una impulsividad en desacuerdo con su edad, tenga o no tenga
hiperactividad.
Este trastorno afecta aproximadamente al 5 o al
10 por ciento de los niños en edad escolar y es 10 veces más
frecuente en los niños que en las niñas. Varios indicios
de este trastorno suelen descubrirse antes de los 4 años e invariablemente
antes de los 7, pero pueden no resultar significativos hasta los años
de escuela intermedia.
Este trastorno generalmente es hereditario. Investigaciones
recientes indican que es causado por anomalías en los neurotransmisores
(las sustancias que transmiten los impulsos nerviosos dentro del cerebro).
El trastorno de déficit de atención es a menudo potenciado
por el entorno familiar o escolar.
Síntomas
El trastorno de déficit de atención
consiste básicamente en presentar problemas de atención
continua, de concentración y de persistencia en las tareas. Un
niño que padece este trastorno puede también ser impulsivo
e hiperactivo. Muchos niños con dicha afección que se
hallan en edad preescolar son ansiosos, tienen problemas para comunicar
y relacionarse y se comportan inadecuadamente. Durante las últimas
etapas de la niñez, estos niños suelen mover las piernas
constantemente, agitarse y refregarse las manos, hablar impulsivamente,
olvidar las cosas fácilmente y son desorganizados, si bien por
lo general no son agresivos. Alrededor del 20 por ciento de los niños
con déficit de atención presenta incapacidades en el aprendizaje
y cerca del 90 por ciento tienen problemas en sus calificaciones escolares.
En aproximadamente el 40 por ciento de los casos, los niños son
depresivos, ansiosos y hostiles en el momento de llegar a la adolescencia.
Cerca del 60 por ciento de los niños pequeños manifiesta
tales problemas en forma de rabietas y la mayoría de los niños
de más edad tiene una baja tolerancia a la frustración.
Aunque la impulsividad y la hiperactividad tienden a disminuir con la
edad, la falta de atención y los síntomas asociados pueden
perdurar hasta la edad adulta.
Diagnóstico
El diagnóstico se basa en la cantidad, frecuencia
y gravedad de los síntomas. El diagnóstico es frecuentemente
difícil ya que depende del juicio del observador. Además,
muchos síntomas no son inherentes sólo a los niños
con déficit de atención ya que un niño que no padece
esta afección puede presentar uno o más de los síntomas
citados.
Tratamiento y pronóstico
Los fármacos psicoestimulantes son el tratamiento
más efectivo. El tratamiento con fármacos suele combinarse
con una terapia de comportamiento realizada por un psicólogo
para niños. Frecuentemente se necesitan estructuras, sistemas
y técnicas adaptadas a cada circunstancia. Sin embargo, para
los niños que no son demasiado agresivos y que provienen de un
ambiente familiar estable puede que sea suficiente sólo un tratamiento
con fármacos.
El metilfenidato es el fármaco que se prescribe
con mayor frecuencia. Se ha demostrado más efectivo que los antidepresivos,
la cafeína y otros psicoestimulantes, y causa menos efectos colaterales
que la dextroanfetamina. Los efectos colaterales más frecuentes
del metilfenidato son las alteraciones del sueño, como el insomnio
y la pérdida del apetito; otros efectos pueden ser depresión
o tristeza, dolores de cabeza, dolor de estómago e hipertensión
arterial. Cuando se ingiere en dosis elevadas durante un período
prolongado, el metilfenidato puede retardar el crecimiento.
Los niños con déficit de atención
generalmente no superan sus dificultades. Los problemas que se manifiestan
o persisten en la adolescencia y en la edad adulta comprenden el fracaso
en los estudios, poca autoestima, ansiedad, depresión y dificultades
para adquirir un comportamiento social apropiado. Las personas que sufren
de déficit de atención parecen adaptarse mejor a las situaciones
laborales que a las escolares. Cuando el trastorno de déficit
de atención no es tratado, el riesgo del abuso de alcohol o de
estupefacientes, o el porcentaje de suicidios, pueden ser más
elevados que en la población en general.
Incapacidades en el aprendizaje
Las incapacidades en el aprendizaje consisten en
la falta de aptitud para adquirir, retener o usar ampliamente las habilidades
específicas o la información; como resultado se producen
deficiencias en la atención, la memoria o el razonamiento y además
se afecta al rendimiento escolar.
Existen muchos tipos de incapacidades en el aprendizaje
y no hay una única causa responsable de ellas. Se cree, sin embargo,
que la base de todas estas incapacidades es un funcionamiento cerebral
anormal. En algunos países desarrollados, entre el 3 y el 15
por ciento de los niños en edad escolar puede necesitar servicios
de educación especial para compensar las incapacidades en el
aprendizaje. El número de niños varones con estos problemas
es cinco veces mayor que el de niñas.
Síntomas
Un niño pequeño con una incapacidad
en el aprendizaje suele tener dificultades para coordinar la visión
con los movimientos y puede ser torpe en tareas físicas como
cortar, pintar, abrocharse, atarse los cordones de los zapatos y correr.
El niño puede tener problemas con la percepción visual
o con el procesamiento de los sonidos (por ejemplo, identificar secuencias
o distinguir entre sonidos) o problemas de memoria, de habla, de razonamiento
y de audición. Algunos niños tienen dificultades con la
lectura, algunos con la escritura y otros con la aritmética.
Sin embargo, generalmente las incapacidades en el aprendizaje son complejas,
con deficiencias en más de un área.
El niño pequeño puede ser lento para
aprender los nombres de los colores o de las letras, para asignar palabras
a los objetos familiares, para contar y para progresar en las demás
experiencias iniciales del aprendizaje. El aprendizaje de la lectura
y de la escritura puede retardarse. Otros síntomas son el bajo
nivel de la atención y la distracción, habla titubeante
y memoria escasa. El niño puede tener dificultad para dibujar
y copiar, actividades que requieren una delicada coordinación
motora.
Un niño con una incapacidad de aprendizaje
puede tener dificultades para comunicar y para controlar sus impulsos
y también puede tener problemas de disciplina. Se puede distraer
con facilidad, ser hiperactivo, introvertido, tímido o agresivo.
Diagnóstico y tratamiento
El médico examina al niño para detectar
posibles trastornos físicos. Luego se le somete a una serie de
pruebas de inteligencia, verbales y no verbales, incluyendo pruebas
de lectura, escritura y habilidad aritmética. La prueba psicológica
es la etapa final de la evaluación.
Aunque no se ha demostrado su efectividad, a menudo
se adoptan medidas tales como la eliminación de los aditivos
alimentarios, el consumo de grandes dosis de vitaminas y la determinación
en sangre de oligoelementos del niño, por si fuera deficitario
en ellos. No existe un tratamiento con fármacos que tenga un
efecto importante en el rendimiento escolar, la inteligencia y la capacidad
general de aprender. Sin embargo, ciertos fármacos, como el metilfenidato,
pueden mejorar la atención y la concentración. Este progreso
mejora la capacidad de aprendizaje del niño. Una educación
adaptada de forma individual es el tratamiento más útil
para una
incapacidad
de aprendizaje.
Dislexia
La dislexia es principalmente una incapacidad específica
del aprendizaje basado en el lenguaje; este trastorno interfiere en
el aprendizaje de las palabras y de la lectura, a pesar de que el niño
posea una inteligencia media o por encima de la media, una motivación
adecuada, unas oportunidades educativas apropiadas y una vista y una
audición normales.
La dislexia tiende a presentarse en el seno de una
misma familia y se da más en niños que en niñas.
Este trastorno se debe principalmente a deficiencias por parte del cerebro
en el procesamiento de los sonidos y del lenguaje hablado. Las deficiencias,
presentes en el nacimiento, afectan a la descodificación de la
palabra y pueden causar problemas en la ortografía y en la escritura.
Síntomas y diagnóstico
Los niños en edad preescolar con dislexia
pueden empezar a hablar muy tarde, tienen problemas de articulación
de las palabras y experimentan dificultades para recordar los nombres
de las letras, de los números y de los colores. Los niños
disléxicos suelen tener dificultad para combinar los sonidos,
rimar palabras, identificar las posiciones de los sonidos en las palabras,
segmentar las palabras en sonidos e identificar el número de
sonidos en las palabras. Los primeros indicios de la dislexia son la
lentitud o las vacilaciones en la elección de las palabras, la
dificultad en substituir una palabra por otra y en denominar letras
y dibujos. Son frecuentes los problemas de memoria inmediata para los
sonidos y para colocarlos en el orden correcto.
Muchos niños con problemas de dislexia confunden
letras y palabras con otras similares. Es frecuente la inversión
de las letras al escribir (por ejemplo, on en vez de no) o confundir
las letras (por ejemplo, d en vez de b).
Los niños que no progresan en el aprendizaje
del lenguaje hacia la mitad o al final del primer nivel de escolarización
deben ser sometidos a exámenes para saber si padecen de dislexia.
Se debe actuar del mismo modo con aquellos que, en cualquier nivel escolar,
no leen con la soltura esperada de acuerdo con sus capacidades verbales
o intelectuales. Todo niño que se muestra lento para aprender
a leer o para adquirir fluidez en el lenguaje debe también ser
examinado para descartar que tenga dislexia.
Tratamiento
El mejor tratamiento es la enseñanza directa,
que incorpora aspectos multisensoriales. Este tipo de tratamiento consiste
en enseñar fonética con una variedad de indicaciones,
por lo general separadamente, y, cuando sea posible, dentro de un programa
de lectura.
La instrucción indirecta es también
útil. Por lo general consiste en un entrenamiento para mejorar
la pronunciación o la comprensión de la lectura. Se enseña
a los niños cómo procesar los sonidos mediante la combinación
de los mismos para formar palabras, separando las palabras en sílabas
e identificando la posición de los sonidos en las palabras.
Los tratamientos indirectos pueden ser utilizados,
pero no se recomiendan. Se enseña a los niños a leer,
a mejorar la lectura o a hablar de forma indirecta utilizando lentes
ahumadas que permitan leer las palabras y las letras con mayor facilidad,
ejercicios para el movimiento de los ojos, o ejercicios de percepción
visual. Se puede probar también con fármacos como el piracetam.
Sin embargo, la utilidad de la mayoría de los tratamientos indirectos
no ha sido demostrada.