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INFECCIONES
CAPITULO 181
Tuberculosis
La tuberculosis es una infección contagiosa,
potencialmente mortal, causada por una bacteria que se encuentra en
el aire llamada Mycobacterium tuberculosis, M. bovis o M. africanum.
El término tuberculosis hace referencia a
la enfermedad más frecuentemente causada por el Mycobacterium
tuberculosis, pero que en ocasiones también puede deberse a la
acción del M. bovis o
M. africanum. A pesar de que otras micobacterias
causan enfermedades similares a la tuberculosis, esas infecciones no
son contagiosas y la mayoría de ellas no responde a los fármacos
que en cambio resultan muy eficaces contra la tuberculosis.

Los seres humanos padecen tuberculosis desde la
antigüedad. Ésta se convirtió en un gran azote en
Europa durante la Revolución Industrial, cuando las ciudades
se poblaron de forma exagerada, y representó más del 30
por ciento de las muertes. Con el desarrollo del antibiótico
estreptomicina en los años 40, la isoniacida en los 50, el etambutol
en los 60 y la rifampina en los 70, la batalla contra la tuberculosis
parecía ganada. Sin embargo, a mediados de la década de
los 80, el número de casos en algunos países comenzó
a aumentar nuevamente. El SIDA, junto a la población exagerada
y a las malas condiciones sanitarias de muchas zonas urbanas, los albergues
para personas sin hogar y las prisiones, ha hecho que vuelva a ser un
problema grave de salud pública. Además, es especialmente
preocupante que algunas variedades de bacterias causantes se hayan vuelto
resistentes a los antibióticos utilizados para tratar la enfermedad.
De todos modos, en algunos de dichos países, la incidencia de
tuberculosis está comenzando a disminuir de nuevo.
Esta enfermedad es más frecuente entre las
personas de edad avanzada. Existen tres razones básicas por las
cuales se producen más casos entre las personas de edad avanzada:
1) muchas resultaron infectadas cuando la tuberculosis era más
frecuente, 2) con el paso de los años se reduce la efectividad
del sistema inmunitario del organismo, lo que puede permitir que las
bacterias inactivas resulten reactivadas, y 3) las personas mayores
que se encuentran en centros de cuidados crónicos tienen mayor
probabilidad de estar más en contacto con otras de la misma edad
con riesgo de contraer la enfermedad.
La enfermedad es en parte debida a condiciones de
mayor pobreza y de salubridad deficiente, y en parte a la forma en que
ha evolucionado la tuberculosis. Durante miles de años, la tuberculosis
se cobró un precio muy alto en Europa, que estaba poblada principalmente
por blancos; los más resistentes a la enfermedad consiguieron
sobrevivir y reproducirse. En consecuencia, estas personas transmitieron
los genes de resistencia a la tuberculosis a las generaciones siguientes.
Por el contrario, puede señalarse que entre los grupos étnicos
que contrajeron la enfermedad de forma relativamente reciente, como
se ha observado, por ejemplo, en la población de etnia negra
americana, que la contrajeron por primera vez a su llegada al nuevo
continente, la incidencia de la tuberculosis es mayor, dado que contaron
con mucho menos tiempo para desarrollar genes resistentes y transmitirlos
a su descendencia.
Cómo se desarrolla la infección
En la actualidad, en los países desarrollados
la tuberculosis solamente se transmite inhalando aire contaminado con
Mycobacterium tuberculosis en un ambiente cerrado. Para que el aire
se contamine, una persona con tuberculosis activa debe expulsar las
bacterias con la tos y éstas pueden permanecer en el aire durante
varias horas.
Sin embargo, un feto puede padecer tuberculosis
a través de su madre, antes o durante el nacimiento, al respirar
o tragar líquido amniótico infectado, y un lactante puede
contraer la enfermedad, después de nacer, al respirar aire que
contenga microgotas infectadas. En los países en vías
de desarrollo, los niños pueden infectarse con otra micobacteria
que causa tuberculosis. Este organismo, llamado Mycobacterium bovis,
puede ser transmitido a través de la leche no pasteurizada.
El sistema inmunitario de una persona afectada con
tuberculosis suele destruir las bacterias o bien las encierra en el
punto de infección. De hecho, alrededor del 90 al 95 por ciento
de todas las infecciones por tuberculosis se curan sin que la persona
lo note siquiera.
Sin embargo, en ocasiones las bacterias no son destruidas,
sino que permanecen inactivas dentro de determinados glóbulos
blancos (llamados macrófagos) durante muchos años. Alrededor
del 80 por ciento de las infecciones de tuberculosis son causadas por
la activación de bacterias inactivas. Las bacterias que viven
en las cicatrices que deja la infección inicial (localizadas
generalmente en la parte superior de uno o ambos pulmones) pueden comenzar
a multiplicarse. La activación de bacterias inactivas puede tener
lugar cuando el sistema inmunitario de la persona no funciona bien (por
ejemplo, a causa del SIDA, el uso de corticosteroides o la edad avanzada),
en cuyo caso, la afección puede poner su vida en peligro.
Generalmente, una persona infectada con tuberculosis
tiene un 5 por ciento de probabilidades de desarrollar una infección
activa en un período de uno a dos años. El desarrollo
de la tuberculosis varía en gran medida de unas personas a otras,
dependiendo de diversos factores como el origen étnico.
No obstante, el índice de progresión
depende, en particular, de la fortaleza del sistema inmunológico
del individuo. Por ejemplo, la progresión de una infección
activa es mucho más probable y más veloz en los enfermos
de SIDA. Una persona enferma de SIDA que resulta infectada con tuberculosis
tiene un 50 por ciento de probabilidades de desarrollar la enfermedad
activa antes de dos meses. Si las bacterias que causan la infección
resultan resistentes a los antibióticos, una persona con SIDA
y tuberculosis tiene un 50 por ciento de posibilidades de morir en un
lapso de tiempo de dos meses.
La tuberculosis activa suele comenzar en los pulmones
(tuberculosis pulmonar). La tuberculosis que afecta a otras partes del
organismo (tuberculosis extrapulmonar) suele provenir de una infección
tuberculosa pulmonar que se ha diseminado a través de la sangre.
Como en el caso de los pulmones, la infección puede no causar
enfermedad, puesto que las bacterias pueden permanecer inactivas acantonadas
en una cicatriz pequeña.
Síntomas y complicaciones
Al comienzo, una persona infectada puede simplemente
no sentirse bien o tener una tos que se atribuye al tabaco o a un episodio
reciente de gripe. La tos puede producir una pequeña cantidad
de esputo verde o amarillo durante la mañana. La cantidad de
esputo suele aumentar a medida que la enfermedad avanza. Finalmente,
el esputo puede aparecer teñido de sangre, si bien no es frecuente
encontrarla en grandes cantidades.
Uno de los síntomas más frecuente
es el hecho de despertarse durante la noche empapado en un sudor frío
que obliga a la persona a cambiarse de ropa o incluso a cambiar las
sábanas. Este sudor se debe al descenso de una fiebre leve que
el enfermo no percibe.
La dificultad para respirar puede señalar
la presencia de aire (neumotórax) o líquido (derrame pleural)
en el espacio de la pleura. Alrededor de un tercio de las infecciones
que se manifiestan lo hacen en forma de derrame pleural. Aproximadamente
el 95 por ciento de los derrames pleurales que afectan a los adultos
jóvenes están causados por una infección reciente
por Mycobacterium tuberculosis. Por lo general resulta difícil
establecer el diagnóstico, pero los médicos experimentados
saben que dicha situación debe ser tratada como tuberculosis
porque, en caso contrario, alrededor de la mitad de las infecciones
acabarán convirtiéndose en una tuberculosis verdadera
del pulmón u otro órgano.
En
una infección de tuberculosis por primera vez, las bacterias
se trasladan desde la lesión del pulmón hasta los ganglios
linfáticos que drenan dicho órgano. Si las defensas naturales
del organismo pueden controlar la infección, ésta no sigue
avanzando y las bacterias se inactivan. Sin embargo, en los niños,
los ganglios linfáticos pueden agrandarse y comprimir los bronquios,
causando una tos metálica y, posiblemente, hasta un colapso pulmonar.
Ocasionalmente, las bacterias se diseminan por los conductos linfáticos
hasta formar un grupo compacto (masa) de ganglios en el cuello. Estos
ganglios linfáticos pueden reventar, romper la piel y dejar salir
el pus a través de la misma.
La tuberculosis puede afectar a otros órganos
del organismo además de los pulmones, una enfermedad llamada
tuberculosis extrapulmonar. El riñón y los huesos son
probablemente los lugares más frecuentes en los que se desarrolla
la tuberculosis extrapulmonar. La tuberculosis en los riñones
puede producir pocos síntomas, pero la infección es capaz
de destruir parte de estos órganos. A partir de aquí,
la tuberculosis puede extenderse hacia la vejiga, pero a diferencia
de otras infecciones de la vejiga, puede provocar pocos síntomas.
En los varones, la infección también
puede extenderse hacia la próstata, las vesículas seminales
y el epidídimo, formando un bulto en el escroto. En las mujeres,
la tuberculosis puede cicatrizar los ovarios y las trompas de Falopio,
causando esterilidad. Desde los ovarios, la infección puede extenderse
hasta el peritoneo (la membrana que recubre la cavidad abdominal). Los
síntomas de esta enfermedad, llamada peritonitis tuberculosa,
pueden variar desde fatiga y leves molestias de estómago con
cierto dolor al tacto, hasta un dolor intenso que se parece al de la
apendicitis.
La infección puede extenderse hasta una articulación,
causando artritis tuberculosa. La articulación se inflama y duele.
Las articulaciones más frecuentemente afectadas son las que soportan
más peso (las caderas y las rodillas), pero los huesos de la
muñeca, de la mano y del codo también pueden resultar
perjudicadas.
La tuberculosis puede infectar la piel, el intestino
y las glándulas suprarrenales. Incluso se han registrado casos
en los que la infección se ha localizado en la pared de la aorta
(la principal arteria del cuerpo), causando su rotura. Cuando la tuberculosis
se extiende hacia el pericardio (el saco membranoso que rodea el corazón),
éste se distiende a causa de la presencia de líquido,
una enfermedad conocida como pericarditis tuberculosa. Este líquido
puede afectar al bombeo de sangre por el corazón. Los síntomas
son fiebre, dilatación de las venas del cuello y dificultad para
respirar.
Una infección tuberculosa localizada en la
base del cerebro (meningitis tuberculosa) es extremadamente peligrosa.
En algunos países desarrollados, la meningitis tuberculosa es
en la actualidad más frecuente entre las personas de edad avanzada.
En los países en vías de desarrollo, es más frecuente
entre los niños, desde el nacimiento hasta los 5 años.
Los síntomas de la meningitis tuberculosa son fiebre, constante
dolor de cabeza, náuseas y somnolencia que puede acabar en coma.
La nuca suele estar tan rígida que el mentón no puede
tocar el pecho. Cuanto más se retrase el tratamiento, más
probabilidades existen de que se produzcan daños cerebrales irreparables.
En ocasiones, mientras la persona afectada de meningitis tuberculosa
mejora, en el cerebro puede haberse formado una masa similar a un tumor
llamada tuberculoma. Éste puede provocar síntomas como
debilidad muscular, similar a la que produce un accidente vascular cerebral
y es posible que deba ser extirpado quirúrgicamente.
En los niños, las bacterias pueden infectar
la columna (las vértebras) y los extremos de los huesos largos
de los brazos y las piernas. Si las vértebras resultan afectadas,
aparece dolor. Como en estos casos las radiografías de columna
pueden ser normales, es posible que sea necesario usar otras técnicas,
como la tomografía computadorizada (TC) o la resonancia magnética
(RM). Si la enfermedad no recibe tratamiento, una o dos vértebras
pueden aplastarse y producir parálisis en las piernas.
| Tuberculosis miliar |
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En los países en vías de desarrollo,
las bacterias de la tuberculosis pueden ser transmitidas a través
de leche contaminada y asentarse en los ganglios linfáticos del
cuello o bien en el intestino delgado. Debido a que la membrana mucosa
del tracto digestivo es resistente a las bacterias, sólo se produce
una infección si un gran número de éstas permanecen
en el intestino delgado durante mucho tiempo o si el sistema inmunitario
es deficiente. La tuberculosis intestinal puede no producir ningún
síntoma pero sí provocar un crecimiento anormal de tejido
en la zona infectada, que puede confundirse con un cáncer.
Diagnóstico
Por lo general, el primer indicio de tuberculosis
es una radiografía de tórax anormal, realizada en el contexto
de una evaluación para diagnosticar una enfermedad con síntomas
muy vagos. En la radiografía, la enfermedad se manifiesta como
zonas blancas irregulares que contrastan con el entorno normalmente
oscuro, si bien otras infecciones y el cáncer pueden dar las
mismas imágenes. También puede revelar la presencia de
derrame pleural o incluso un agrandamiento de la silueta del corazón
(pericarditis).
El diagnóstico depende de los resultados
de la prueba cutánea de la tuberculina y el examen de esputo,
en el que se busca Mycobacterium tuberculosis. A pesar de que la prueba
de la tuberculina es una de las más útiles a la hora de
diagnosticar la enfermedad, sólo indica que ha habido una infección
por dichas bacterias en algún momento del pasado. No indica si
la infección se encuentra activa en la actualidad, sino que en
algún lugar del organismo hay bacterias tuberculosas vivas.
La prueba cutánea de la tuberculina se realiza
inyectando una pequeña cantidad de proteína derivada de
las bacterias de la tuberculosis entre las capas de la piel, generalmente
en el antebrazo. En ocasiones se inyecta una sustancia de control en
otro punto, que contiene algún elemento ante el cual, generalmente,
las personas reaccionan, como levadura u hongos. Aproximadamente dos
días después, se observa el punto inyectado: la hinchazón
y el enrojecimiento indican un resultado positivo. Si una persona no
reacciona a la sustancia de control es posible que su sistema inmunitario
no esté funcionando de forma adecuada. En este caso, un resultado
negativo de una prueba cutánea de la tuberculina puede ser incorrecto
(falso negativo). Las personas afectadas de tuberculosis grave y cuyo
sistema inmunitario es deficiente también pueden arrojar resultados
falsos negativos al ser sometidas a esta prueba.
| Prueba de la tuberculina |
 |
Para asegurarse del diagnóstico, el médico
tiene que obtener una muestra de esputo, líquido infectado o
tejido para analizarla en el laboratorio. Es posible utilizar una aguja
para obtener una muestra de líquido del pecho, del abdomen, de
una articulación o del saco que rodea al corazón. Para
obtener una pequeña porción de tejido infectado probablemente
sea necesario recurrir a un proceso quirúrgico menor llamado
biopsia. El esputo puede constituir una adecuada muestra del pulmón;
si no, el médico puede usar un instrumento llamado broncoscopio
para inspeccionar los conductos bronquiales y obtener muestras de mucosidad
o de tejido pulmonar.
Probablemente sea necesario realizar una punción
de la columna vertebral para obtener una muestra de líquido de
la médula espinal (líquido cefalorraquídeo) con
la finalidad de buscar evidencia de meningitis tuberculosa, una infección
de las membranas que recubren el cerebro y la médula espinal.
La muestra del líquido es enviada a un laboratorio que cuente
con el equipo necesario para realizar una prueba llamada reacción
en cadena de la polimerasa (RCP). A pesar de que el médico puede
contar con los resultados de las pruebas rápidamente, suele administrar
antibióticos ante la mínima sospecha de meningitis tuberculosa
con el fin de evitar la muerte del enfermo y minimizar el daño
cerebral.
El examen de los riñones en busca de tuberculosis
es considerablemente más difícil que la pulmonar. Para
la prueba RCP se puede utilizar una muestra de orina, pero es posible
que se necesiten otras pruebas para determinar qué daño
ha causado ya la enfermedad.
Por ejemplo, el médico puede usar una técnica
radiológica en la que se inyecta un contraste. Dicho contraste
delimita el contorno de los riñones en la radiografía
y revela cualquier masa o cavidad anormal que puedan estar causadas
por la tuberculosis. En ciertos casos, el médico usa una aguja
para obtener una muestra de tejido de una masa. La muestra se examina
con un microscopio para diferenciar si se trata de cáncer o de
tuberculosis.
Para confirmar la tuberculosis de los órganos
reproductores femeninos, el médico puede examinar la pelvis con
un tubo que consta de una luz en uno de sus extremos (laparoscopio).
En ocasiones, la enfermedad puede ser descubierta mediante un examen
al microscopio de muestras tomadas de la parte interna del útero.
En algunos casos, se necesita una muestra de tejido
del hígado, un ganglio linfático o de la médula
ósea. A pesar de que por lo general es posible obtener estas
muestras mediante una aguja, a veces puede ser necesario recurrir a
la cirugía.
Tratamiento
En casi todos los casos, los antibióticos
curan incluso los casos más avanzados de tuberculosis. Los antibióticos
que se pueden utilizar son cinco y su eficacia es tal que sólo
una bacteria de cada millón escapa a su efecto. Como una infección
de tuberculosis pulmonar activa suele contener 1 000 millones de bacterias
o más, cualquier fármaco que se administre solo dejaría
mil microorganismos totalmente resistentes a su acción. En consecuencia,
es necesario administrar al menos dos fármacos con diferentes
mecanismos de acción, que unidos pueden destruir virtualmente
todas las bacterias. El tratamiento debe continuar incluso mucho después
de que el paciente se sienta completamente bien, porque lleva mucho
tiempo eliminar dichas bacterias de crecimiento lento y reducir la posibilidad
de recaída a casi cero.
Los antibióticos más frecuentemente
utilizados son: isoniacida, rifampicina, pirazinamida, estreptomicina
y etambutol. Los tres primeros fármacos pueden estar contenidos
en el mismo comprimido. Esto reduce el número de comprimidos
que el enfermo debe tomar a diario y asegura el cumplimiento adecuado
del tratamiento.
Los antibióticos isoniacida, rifampicina
y pirazinamida pueden causar náuseas y vómitos como resultado
de sus efectos sobre el hígado. En los casos en que efectivamente
se producen náuseas y vómitos, los fármacos deben
dejar de suministrarse hasta que puedan hacerse análisis de la
función hepática. Si los resultados muestran una reacción
a uno solo de ellos, por lo general suele encontrarse un sustituto satisfactorio
para completar el tratamiento.
El etambutol comienza a aplicarse a una dosis relativamente
elevada para ayudar a reducir rápidamente el número de
bacterias. La dosis se reduce al cabo de dos meses con el fin de evitar
efectos colaterales perjudiciales en los ojos. La estreptomicina fue
el primer fármaco considerado eficaz contra la tuberculosis,
pero debe administrarse por inyección. A pesar de que éste
sigue siendo un fármaco muy eficaz contra las infecciones avanzadas,
puede afectar al sentido del equilibrio y a la audición de la
persona si se administra en grandes dosis o si se administra durante
más de tres meses.
En la actualidad casi nunca es necesaria la cirugía
para extraer una porción de pulmón, siempre y cuando el
enfermo siga estrictamente el plan de tratamiento. Sin embargo, en ciertos
casos se necesita recurrir a la cirugía para drenar el pus de
donde se haya acumulado y ocasionalmente para corregir una deformación
de la columna causada por la tuberculosis.
Prevención
Existen varias maneras de prevenir la tuberculosis.
Por ejemplo, se puede utilizar luz ultravioleta germicida en aquellos
lugares en que varias personas con distintas afecciones pueden tener
que estar sentadas juntas durante varias horas, como en los hospitales
o en las salas de espera de urgencias. Esa luz destruye las bacterias
que se encuentren en el aire.
El fármaco isoniacida es muy eficaz cuando
se aplica a personas con elevado riesgo de desarrollar tuberculosis.
Entre éstas se encuentran quienes han estado en estrecho contacto
con alguien afectado por la enfermedad, como por ejemplo los trabajadores
sanitarios cuyas pruebas cutáneas de la tuberculina hayan pasado
a ser positivas (cuando antes eran negativas) y cuyas radiografías
no revelen ninguna enfermedad. Ello significa que existe una infección
reciente que aún no se ha desarrollado por completo; puede curarse
tomando isoniacida a diario durante 6 a 9 meses. Estudios recientes
han demostrado que alrededor del 10 por ciento de las personas con infecciones
recientes desarrollan tuberculosis si no se aplica un tratamiento, cualquiera
que sea su edad.
El beneficio de la terapia preventiva es evidente
en las personas menores de 25 años que reaccionan ante la prueba
cutánea de la tuberculina, porque existe la posibilidad de que
la infección sea reciente y pueda ser curada fácilmente
antes de que se desarrolle. Los beneficios del tratamiento preventivo
en adultos de más de 25 años es difícil de demostrar.
El riesgo de toxicidad por los antibióticos puede ser mayor que
el riesgo de desarrollar tuberculosis, excepto cuando la reacción
es el resultado probable de una infección reciente.
Un individuo que ha dado positivo en la prueba cutánea
de la tuberculina y además se infecta por el virus de la inmunodeficiencia
humana (VIH, el virus que causa el SIDA) corre un riesgo muy alto de
desarrollar una infección activa; en consecuencia, se le administra
isoniacida durante el mayor tiempo posible para evitar el desarrollo
de la tuberculosis. Las personas infectadas con el VIH que no reaccionan
ante la prueba cutánea de la tuberculina, pero que tienen un
considerable riesgo de entrar en contacto con personas con tuberculosis
activa, también deben recibir isoniacida. Este tratamiento preventivo
resulta eficaz para eliminar las bacterias tuberculosas antes de que
se establezcan.
Las personas con tuberculosis pulmonar que estén
recibiendo tratamiento no necesitan estar aisladas durante más
de unos pocos días, porque los fármacos reducen rápidamente
la capacidad infectiva de las bacterias. De todos modos, las personas
que tosen y no toman su medicación correctamente pueden necesitar
un aislamiento más prolongado, para que no contagien la enfermedad.
Un enfermo suele dejar de ser contagioso al cabo de 10 a 14 días
de tratamiento farmacológico. Sin embargo, si una persona trabaja
con otras muy expuestas a la enfermedad, como los enfermos de SIDA o
los niños pequeños, el médico puede necesitar repetir
los análisis de una muestra de esputo para determinar cuándo
no existe peligro de transmisión de la infección.
En los países en vías de desarrollo
se aplica una vacuna llamada BCG para prevenir la infección por
Mycobacterium tuberculosis. Su efectividad es dudosa y sólo se
utiliza en los países en que la probabilidad de contraer tuberculosis
es muy alta.