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INFECCIONES
CAPITULO 171
Biología de las enfermedades infecciosas
Los microorganismos se encuentran por todas
partes: en la tierra, en el agua dulce y salada, en el fondo del océano
y en el aire. Diariamente los comemos, bebemos y respiramos. No obstante,
a pesar de su aparente presencia abrumadora, rara vez invaden, se multiplican
y producen infección en los seres humanos. Incluso cuando lo
hacen, la infección es a veces tan leve que no provoca ningún
síntoma.
De hecho, existen pocos microorganismos capaces
de causar enfermedades. Muchos de ellos viven sobre la piel, en la boca,
en las vías respiratorias, en el intestino y en los genitales
(particularmente en la vagina). El que permanezcan como un inofensivo
compañero o invadan y causen una enfermedad en el huésped
depende de la naturaleza del microorganismo y de las defensas del cuerpo
humano.
Flora residente
Una persona sana vive en armonía con la flora
microbiana normal, que se establece (coloniza) en determinadas zonas
del cuerpo. Esta flora, que por lo general ocupa un lugar concreto,
recibe el nombre de flora residente. En lugar de causar una enfermedad,
esta flora suele proteger el cuerpo de los microorganismos que provocan
enfermedades. Si resulta alterada de alguna manera, rápidamente
se recupera. Los microorganismos que colonizan al huésped desde
unas horas a unas semanas, pero no se establecen en él de forma
permanente, se llaman la flora transitoria.
Diversos factores medioambientales (como la dieta,
las condiciones sanitarias, la polución del aire y los hábitos
higiénicos) influyen en el desarrollo de las especies que van
a constituir la flora residente de un individuo.
Por ejemplo, los lactobacilos son microorganismos
que suelen vivir en el intestino de quienes consumen muchos productos
lácteos. El Hemophilus influenzae es una bacteria que coloniza
las vías respiratorias de las personas que padecen enfermedad
pulmonar obstructiva crónica.
En determinadas condiciones, los microorganismos
que forman parte de la flora residente de una persona pueden provocar
una enfermedad. Por ejemplo, los estreptococos piógenos pueden
vivir en la garganta sin causar daño alguno, pero si las defensas
del organismo se debilitan o si los estreptococos son de una variedad
particularmente peligrosa, pueden provocar una faringitis estreptocócica
(infección de garganta). De forma similar, otros microorganismos
que forman parte de la flora residente se volverían invasores,
provocando enfermedades en el individuo que tiene alteradas sus barreras
defensivas. Por ejemplo, quienes padecen cáncer de colon son
vulnerables a la invasión de microorganismos que normalmente
viven en el intestino; éstos pueden trasladarse a través
de la sangre e infectar las válvulas cardíacas. La exposición
a dosis masivas de radiación también puede ocasionar una
invasión por parte de estos microorganismos y conllevar una infección
grave.
Cómo se desarrolla la infección
Las enfermedades infecciosas son, por lo general,
provocadas por microorganismos que invaden el cuerpo y se multiplican.
La invasión se inicia, habitualmente, mediante la adherencia
a las células de la persona afectada. Este proceso es muy específico
e implica acoplamientos entre la célula humana y el microorganismo,
similares a los de una llave con su cerradura. El que éste permanezca
cerca del punto de invasión o bien se extienda a puntos lejanos
depende de factores como la producción de toxinas, enzimas u
otras sustancias.
Algunos microorganismos que invaden el cuerpo producen
toxinas (venenos que afectan a las células cercanas o distantes).
La mayoría de éstas tiene componentes que se unen específicamente
con moléculas de ciertas células (células diana),
donde causan la enfermedad. En el tétanos, el síndrome
del shock tóxico y el cólera, las toxinas desempeñan
un papel básico. Unas pocas enfermedades infecciosas son causadas
por toxinas producidas por microorganismos fuera del cuerpo, como por
ejemplo la intoxicación alimentaria causada por estafilococos.
Tras la invasión, los microorganismos deben
multiplicarse para producir la infección. Por consiguiente, pueden
suceder tres cosas: primero, que estos microorganismos sigan multiplicándose
y desborden las defensas humanas, proceso que puede causar suficiente
daño como para matar al enfermo; en segundo lugar, se puede alcanzar
un estado de equilibrio, desarrollándose una infección
crónica; ni los microorganismos ni el afectado ganan la batalla,
y en tercer lugar, la persona, con o sin tratamiento médico,
consigue erradicar el microorganismo invasor. Este proceso restablece
la salud y suele proporcionar una inmunidad duradera frente a otra infección
producida por el mismo microorganismo.
Muchos de los microorganismos causantes de enfermedades,
tienen propiedades que aumentan la gravedad del proceso (virulencia)
y resisten a los mecanismos de defensa del cuerpo. Por ejemplo, algunas
bacterias producen enzimas que rompen los tejidos, permitiendo que la
infección se extienda más rápidamente.
Algunos microorganismos cuentan con mecanismos para
bloquear los sistemas de defensa del cuerpo. Por ejemplo, pueden ser
capaces de interferir la producción de anticuerpos o el desarrollo
de las células T (una variedad de glóbulos blancos) específicamente
armados para atacarlos. Otros tienen cubiertas externas (cápsulas)
que impiden su ingestión por parte de los glóbulos blancos.
El hongo criptococo, de hecho, desarrolla una cápsula más
gruesa después de entrar en los pulmones. La razón es
que su cápsula adquiere mayor espesor cuando está en una
atmósfera de anhídrido carbónico y en los pulmones
existe más gas de este tipo que en la tierra, que es donde normalmente
vive. Por lo tanto, los mecanismos de defensa del organismo no resultan
tan eficaces cuando el criptococo infecta los pulmones. Algunas bacterias
ofrecen resistencia a ser destruidas (lisis) por sustancias que circulan
en el flujo sanguíneo. Otras incluso producen sustancias químicas
que contrarrestan los efectos de los antibióticos.
Cómo una infección afecta al cuerpo
humano
Ciertas infecciones producen cambios en la sangre,
el corazón, los pulmones, el cerebro, los riñones, el
hígado o los intestinos. Al identificar estos cambios, el médico
puede determinar que la persona padece una infección.
Cambios en la sangre
Como parte de las defensas del organismo contra
la infección, la cantidad de glóbulos blancos suele aumentar.
Dicho incremento puede producirse en pocas horas, en gran medida por
la liberación de glóbulos blancos almacenados en la médula
ósea. Lo primero en aumentar es el número de neutrófilos
y, si la infección persiste, aumentan los monocitos, siendo ambos
dos variedades de glóbulos blancos. También lo son los
eosinófilos, que aumentan con las reacciones alérgicas
y las infestaciones parasitarias, pero no suelen hacerlo con las infecciones
bacterianas.
Ciertas
infecciones, como la fiebre tifoidea, disminuyen el número de
glóbulos blancos. Tal disminución puede producirse porque
la infección es tan importante que la médula ósea
es incapaz de producir glóbulos blancos con suficiente velocidad
como para reemplazar los perdidos en la lucha contra la invasión.
La anemia puede ser el resultado de una hemorragia
a causa de la infección, por la destrucción de los glóbulos
rojos o bien por la depresión de la médula ósea.
La infección grave puede provocar una coagulación diseminada
en todos los vasos sanguíneos, lo que se conoce como coagulación
intravascular diseminada. El mejor modo de revertir esta situación
es tratar la enfermedad de base, en este caso la infección. Una
caída en los valores de las plaquetas de la sangre sin ningún
otro cambio también puede indicar una infección subyacente.
Cambios en el corazón, los pulmones y el
cerebro
Los posibles cambios cardíacos producidos
durante una infección consisten en un aumento del ritmo cardíaco
y en un incremento o disminución del volumen de sangre expulsado
con cada contracción (gasto cardíaco). Aun cuando las
infecciones, habitualmente, incrementan el ritmo cardíaco, algunas,
como la fiebre tifoidea, hacen que el pulso sea más lento de
lo que cabría esperar por la gravedad de la fiebre. La presión
arterial puede descender. En una infección grave, la dilatación
de los vasos sanguíneos puede derivar en una fuerte caída
de la presión arterial (shock séptico).
La infección y la fiebre suelen hacer que
se respire más rápidamente (incremento de la frecuencia
respiratoria), lo que supone que más anhídrido carbónico
es transferido desde la sangre y exhalado, haciendo que ésta
se vuelva más ácida. La rigidez pulmonar aumenta y ello
puede interferir en la respiración y derivar en una enfermedad
conocida como síndrome de distrés respiratorio agudo.
Los músculos respiratorios del tórax también pueden
fatigarse.
Las infecciones graves también pueden provocar
anomalías en la función cerebral, tanto si un microorganismo
invade de forma directa el cerebro como si no. Las personas de edad
avanzada son particularmente propensas a sufrir estados de confusión.
La fiebre muy alta puede provocar convulsiones.
Cambios
renales, hepáticos e intestinales
Los cambios renales pueden abarcar desde una pequeña
pérdida de proteínas en la orina hasta una insuficiencia
renal aguda. Éstos pueden ser provocados por el debilitamiento
del corazón, la caída de la presión arterial o
el efecto directo de los microorganismos sobre el riñón.
Muchas infecciones pueden alterar la función
hepática, aun cuando los microorganismos no ataquen directamente
al hígado. Un problema frecuente es la ictericia causada por
una acumulación de bilis (ictericia colestásica). La ictericia
es un signo preocupante si se origina a partir de una infección.
Una infección grave puede provocar úlceras
de estrés en la parte alta del intestino, pudiendo derivar en
una hemorragia. Por lo general, sólo se produce una pequeña
pérdida de sangre, pero en un pequeño porcentaje de personas
la hemorragia puede ser grave.
Defensas del cuerpo contra la infección
Las defensas del organismo contra la infección
incluyen barreras naturales, como la piel; mecanismos inespecíficos,
como ciertas clases de glóbulos blancos y fiebre; y mecanismos
específicos, como los anticuerpos.
Por lo general, si un microorganismo atraviesa las
barreras naturales del cuerpo, los mecanismos de defensa específicos
e inespecíficos lo destruyen antes de que se multiplique.
Barreras naturales
Por lo general, la piel evita la invasión
de muchos microorganismos a menos que esté físicamente
dañada, por ejemplo, debido a una lesión, la picadura
de un insecto o una quemadura. Sin embargo existen excepciones, como
la infección por el papilomavirus humano, que provoca verrugas.
Otras barreras naturales eficaces son las membranas
mucosas, como los revestimientos de las vías respiratorias y
del intestino. Generalmente, estas membranas están cubiertas
de secreciones que combaten a los microorganismos. Por ejemplo, las
membranas de los ojos están bañadas en lágrimas,
que contienen una enzima llamada lisozima. Ésta ataca a las bacterias
y ayuda a proteger los ojos de las infecciones.
Las vías respiratorias filtran de forma eficaz
las partículas del aire que se introducen en el organismo. Los
tortuosos conductos de la nariz, con sus paredes cubiertas de moco,
tienden a eliminar gran parte de la materia entrante. Si un organismo
alcanza las vías respiratorias inferiores, el latido coordinado
de unas minúsculas prominencias similares a pelos (cilios) cubiertas
de moco, lo transportan fuera del pulmón. La tos también
ayuda a eliminar estos microorganismos.
El tracto gastrointestinal cuenta con una serie
de barreras eficaces, que incluyen el ácido del estómago
y la actividad antibacteriana de las enzimas pancreáticas, la
bilis y las secreciones intestinales. Las contracciones del intestino
(peristaltismo) y el desprendimiento normal de las células que
lo revisten, ayudan a eliminar los microorganismos perjudiciales.
El aparato genitourinario del varón se encuentra
protegido por la longitud de la uretra (alrededor de 20 cm). Debido
a este mecanismo de protección, las bacterias no suelen ingresar
en la uretra masculina, a menos que sean introducidas allí de
forma no intencionada a través de instrumental quirúrgico.
Las mujeres cuentan con la protección del ambiente ácido
de la vagina. El efecto de arrastre que produce la vejiga al vaciarse
es otro mecanismo de defensa en ambos sexos.
Las personas con mecanismos de defensa debilitados
son más vulnerables a ciertas infecciones. Por ejemplo, aquellos
cuyo estómago no secreta ácido son particularmente vulnerables
a la tuberculosis y a la infección causada por la bacteria Salmonella.
El equilibrio entre los diferentes tipos de microorganismos en la flora
intestinal residente también es importante para mantener las
defensas del organismo. En ocasiones, un antibiótico tomado para
una infección localizada en cualquier otra parte del cuerpo,
puede romper el equilibrio entre la flora residente permitiendo que
aumente el número de microorganismos que provocan enfermedades.
Mecanismos de defensa inespecíficos
Cualquier lesión, incluyendo una invasión
de bacterias, produce inflamación. La inflamación sirve,
parcialmente, para dirigir ciertos mecanismos de defensa al punto en
que se localiza la lesión o la infección. Con la inflamación,
aumenta el aporte de sangre y los glóbulos blancos pueden traspasar
los vasos sanguíneos y dirigirse a la zona inflamada con más
facilidad. El número de glóbulos blancos en el flujo sanguíneo
también aumenta, ya que la médula ósea libera una
gran cantidad que tenía almacenada y, de inmediato, comienza
a producir más.
La primera variedad de glóbulos blancos que
entra en escena son los neutrófilos, que comienzan a ingerir
microorganismos invasores e intentan contener la infección en
un espacio reducido. Si la infección continúa, los monocitos,
otra clase de glóbulos blancos con una habilidad aún mayor
para ingerir microorganismos, llegarán en cantidades cada vez
mayores.
Sin embargo, estos mecanismos de defensa inespecíficos
pueden resultar desbordados ante una gran cantidad de microorganismos
invasores, o por otros factores que reduzcan las defensas del cuerpo,
como los contaminantes del aire (incluyendo el humo del tabaco).
Fiebre
La fiebre, definida como una elevación de
la temperatura corporal superior a los 37,7 °C (medidos con el termómetro
en la boca), es, en realidad, una respuesta de protección ante
la infección y la lesión. La elevada temperatura corporal
estimula los mecanismos de defensa del organismo al tiempo que causa
un malestar relativamente pequeño a la persona.
Normalmente,
la temperatura corporal sube y baja todos los días. El punto
más bajo se alcanza alrededor de las seis de la mañana
y el más elevado entre las cuatro y las seis de la tarde. Aunque
se suele decir que la temperatura normal del cuerpo es de 37 °C,
el mínimo normal a las seis de la mañana es de 37,1 °C
y el máximo normal a las cuatro de la tarde será de 37,7
°C.
El hipotálamo, una parte del cerebro, controla
la temperatura corporal; la fiebre es consecuencia de la nueva regulación
del termostato del hipotálamo. La temperatura corporal aumenta
a un nuevo nivel superior del termostato desplazando la sangre de la
superficie de la piel hacia el interior del cuerpo, reduciendo con ello
la pérdida de calor. Los escalofríos pueden producirse
para incrementar la producción de calor mediante la contracción
muscular. Los esfuerzos del organismo por conservar y producir calor
continuarán hasta que la sangre llegue, en el hipotálamo,
a la nueva temperatura más elevada. Entonces los mecanismos habituales
mantendrán dicha temperatura y, posteriormente, cuando el termostato
vuelva a su nivel normal, el cuerpo eliminará el exceso de calor
a través del sudor y mediante el desvío de la sangre hacia
la piel. Los escalofríos pueden aparecer cuando la temperatura
desciende.
La fiebre puede seguir un cuadro en el cual la temperatura
alcanza un máximo diario y luego vuelve a su nivel normal. Por
otro lado, la fiebre puede ser remitente, es decir, que la temperatura
varía pero no vuelve a la normalidad. Ciertas personas, como
por ejemplo los alcohólicos, tanto las de edad avanzada como
las muy jóvenes, pueden tener un descenso de la temperatura como
respuesta a una infección grave.
Las sustancias productoras de fiebre reciben el
nombre de pirógenos. Éstos pueden provenir del interior
o del exterior del organismo. Ejemplos de pirógenos formados
en el exterior del cuerpo son los microorganismos y las sustancias que
éstos producen, como las toxinas.
En realidad, los pirógenos provocan fiebre
al estimular el organismo para que produzca sus propios pirógenos.
Los pirógenos formados dentro del organismo suelen ser producidos
por un tipo de glóbulo blanco llamado monocito.
Sin embargo, la infección no es la única
causa de fiebre; ésta también puede ser consecuencia de
una inflamación, un cáncer o una reacción alérgica.
Determinación de la causa de la fiebre
Por lo general, la fiebre tiene una causa obvia,
como la gripe o la neumonía. Pero en otros casos la causa es
sutil, como una infección del revestimiento interno del corazón
(endocarditis bacteriana). Cuando una persona tiene al menos 38,3 °C
de fiebre y una investigación exhaustiva no consigue descubrir
la causa, el médico puede denominarla fiebre de origen desconocido.
Las causas potenciales de dicha fiebre incluyen cualquier trastorno
que eleve la temperatura corporal, pero las causas más frecuentes
entre los adultos son las infecciones, las enfermedades causadas por
anticuerpos generados contra los tejidos de la propia persona (enfermedades
autoinmunes) y un cáncer no descubierto (en especial, la leucemia
o un linfoma).
Para determinar la causa, el médico indaga
acerca de los síntomas y enfermedades presentes y pasados, medicaciones
actuales, exposición a infecciones, viajes recientes, etc. El
cuadro que sigue la fiebre no suele contribuir al diagnóstico.
Sin embargo, hay algunas excepciones; por ejemplo, una fiebre que aparece
cada dos o tres días es típica del paludismo.
Los viajes recientes, en especial al extranjero,
o la exposición a ciertos materiales o animales, pueden dar pistas
sobre la causa de la fiebre. En regiones de un determinado país
son frecuentes unas infecciones, mientras que en otras abundan otras
diferentes.
Una persona que ha bebido agua contaminada (o que
ha tomado hielo hecho con agua contaminada) puede desarrollar fiebre
tifoidea. Una persona que trabaja en una planta de envasado de carne
puede tener una brucelosis.
Después de realizar este tipo de preguntas,
el médico practica una exploración física completa
para encontrar el origen de la infección o evidencia de alguna
enfermedad. Dependiendo de la intensidad de la fiebre y de las condiciones
del paciente, la revisión puede ser realizada en el consultorio
del médico o bien en el hospital.
Los análisis de sangre pueden ser utilizados
para detectar la presencia de anticuerpos contra un microorganismo,
para hacerlo crecer en un cultivo y para determinar el número
de glóbulos blancos. Puede observarse un incremento en los valores
de un anticuerpo específico y ello puede ayudar a identificar
al microorganismo invasor. El aumento en la cantidad de glóbulos
blancos suele indicar infección. El recuento diferencial (la
proporción de distintos tipos de glóbulos blancos) proporciona
más pistas. Un aumento en los neutrófilos, por ejemplo,
sugiere una infección aguda por bacterias. Un aumento en los
eosinófilos sugiere una infestación parasitaria, por ejemplo,
por cestodos o por nematodos.
La ecografía, la tomografía computadorizada
(TC) y la resonancia magnética (RM) pueden ayudar a establecer
un diagnóstico. La gammagrafía con leucocitos marcados
puede ser utilizada para identificar áreas de infección
o inflamación.
Para realizar esta prueba, el paciente recibe una
inyección de glóbulos blancos que contienen un marcador
radiactivo. Como los glóbulos blancos son atraídos a las
zonas infectadas y, en este caso, los inyectados tienen un marcador
radiactivo, el examen puede detectar una zona de infección. Si
los resultados de esta prueba son negativos, el médico puede
necesitar obtener una muestra del hígado (biopsia), de la médula
ósea u otra área de la cual se sospeche. La muestra es
examinada posteriormente al microscopio.
Tratamiento de la fiebre
Dados los potenciales efectos beneficiosos de la
fiebre, se discute si ésta debe ser tratada de forma rutinaria.
De todos modos, un niño que haya tenido una convulsión
como resultado de la fiebre (ataque febril) debe recibir tratamiento.
Del mismo modo, un adulto con un problema cardíaco o pulmonar
suele recibirlo porque la fiebre puede aumentar la necesidad de oxígeno.
Estas necesidades aumentan un 7 por ciento por cada 0,17 ºC de
aumento de la temperatura corporal a partir de los 37 ºC. La fiebre
también puede provocar cambios en la función cerebral.
Los fármacos utilizados para hacer descender
la temperatura corporal reciben el nombre de antipiréticos. Los
más usados y eficaces son el paracetamol y los antiinflamatorios
no esteroideos, como la aspirina. Sin embargo, en los niños y
adolescentes no se combate la fiebre con aspirinas porque ésta
aumenta el riesgo de sufrir el síndrome de Reye, que puede ser
mortal.
Mecanismos de defensa específicos
Una vez desarrollada la infección, todo el
poder del sistema inmunitario entra en acción. Éste produce
varias sustancias que específicamente atacan a los microorganismos
invasores. Por ejemplo, los anticuerpos se adhieren a éstos y
ayudan a inmovilizarlos. Así pueden destruirlos, directamente
o bien ayudar a los glóbulos blancos a localizarlos y eliminarlos.
Además, el sistema inmunitario puede enviar un tipo de células
conocidas como células T asesinas (otra clase más de glóbulos
blancos) para atacar específicamente al organismo invasor.
Los fármacos antiinfecciosos, como los antibióticos,
o los agentes antimicóticos o antivíricos, pueden ayudar
a las defensas naturales del cuerpo. Sin embargo, si el sistema inmunitario
se encuentra gravemente debilitado, estos fármacos no suelen
ser eficaces.