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TRASTORNOS DEL HIGADO Y DE LA VESICULA BILIAR
CAPITULO 116
Manifestaciones clínicas de las enfermedades
hepáticas
Las enfermedades hepáticas pueden manifestarse
de formas muy diversas. Los síntomas particularmente importantes
incluyen la ictericia, la colestasis, el aumento de volumen del hígado,
la hipertensión portal, la ascitis, la encefalopatía hepática
y la insuficiencia hepática. Para diagnosticar una enfermedad
hepática, el médico toma en cuenta la descripción
que el paciente hace de sus síntomas y realiza una exploración
física.
Ictericia
La ictericia es una pigmentación amarillenta
de la piel y del blanco de los ojos (esclerótica), producida
por valores anormalmente elevados de pigmentos biliares (bilirrubina)
en la sangre.
Los
glóbulos rojos antiguos o con alteraciones se eliminan de la
circulación sanguínea, principalmente a través
del bazo. Durante este proceso, la hemoglobina (sustancia contenida
en los glóbulos rojos que transporta el oxígeno) se transforma
en bilirrubina. Ésta llega al hígado y se excreta al intestino
como un componente de la bilis. Si se obstaculiza la excreción
de bilirrubina, el exceso de ésta vuelve a la sangre provocando
ictericia.
Las altas concentraciones de bilirrubina en la sangre
pueden aparecer cuando una inflamación u otras irregularidades
de las células hepáticas impiden su excreción a
la bilis.
Por otro lado, los conductos biliares que se hallan
fuera del hígado pueden ser obstruidos por un cálculo
biliar o por un tumor. También, aunque es menos frecuente, esta
alta concentración de bilirrubina en la sangre puede ser el resultado
de la destrucción de un gran número de glóbulos
rojos, como a veces es el caso de los recién nacidos con ictericia.
En el síndrome de Gilbert, los valores de
bilirrubina aumentan ligeramente, pero no lo suficiente como para provocar
ictericia. Esta afección, a veces hereditaria, suele descubrirse
casualmente con un análisis de función hepática,
pero no se acompaña de otros síntomas ni causa mayores
problemas.
Síntomas
En la ictericia, la piel y los ojos se vuelven amarillentos.
La orina suele tomar un color oscuro, ya que la bilirrubina se excreta
a través de los riñones. Pueden aparecer otros síntomas,
dependiendo de la causa que provoca la ictericia. Por ejemplo, la inflamación
del hígado (hepatitis) puede causar falta de apetito, náuseas,
vómitos y fiebre. La obstrucción del flujo de la bilis
puede producir los mismos síntomas que la colestasis.
Diagnóstico y tratamiento
El médico se basa en los análisis
de laboratorio y en los exámenes morfológicos para determinar
la causa de la ictericia. Si se trata de una enfermedad del propio hígado,
una hepatitis vírica, por ejemplo, la ictericia irá desapareciendo
a medida que el proceso se resuelva. Si el problema es una oclusión
de un conducto biliar, se practica, tan pronto como sea posible, una
intervención quirúrgica o una endoscopia (procedimiento
que utiliza un tubo óptico flexible que permite la utilización
de accesorios quirúrgicos), a fin de permeabilizar el conducto
biliar afectado.
Colestasis
La colestasis es una disminución o interrupción
del flujo de bilis.
El flujo de bilis puede verse obstruido en mayor
o menor grado en cualquier punto entre las células hepáticas
y el duodeno (porción superior del intestino delgado). Aunque
la bilis ya no pueda fluir, el hígado continuará produciendo
bilirrubina, por lo que ésta se desviará hacia la sangre.
Por esta causa, la bilirrubina se depositará en la piel (ictericia)
y también pasará a la orina.
Con respecto a su diagnóstico y tratamiento,
las causas de la colestasis se pueden clasificar en dos categorías:
las que se originan dentro y las que se originan fuera del hígado.
Las causas internas suelen ser la hepatitis, las enfermedades hepáticas
producidas por el alcohol, la cirrosis biliar primaria, los efectos
de los fármacos y los cambios hormonales durante el embarazo
(colestasis del embarazo). Las causas externas incluyen, entre otras,
un cálculo en el conducto biliar, la disminución del diámetro
interno de un conducto biliar (estenosis) o un cáncer del mismo,
el cáncer pancreático y la inflamación del páncreas.
Síntomas
La ictericia y la orina oscura son dolencias que
se producen ante una concentración excesiva de bilirrubina en
la piel y en la orina, respectivamente. Las heces suelen estar descoloridas
debido a la carencia de bilirrubina en el intestino. También
pueden contener demasiada grasa (esteatorrea) debido a que la bilis
no llega al intestino para ayudar a la digestión de la grasa
alimentaria. Esta carencia de bilis en el intestino también implicará
que el calcio y la vitamina D no se absorban de forma adecuada. Si la
colestasis persiste, la insuficiencia de estos nutrientes puede producir
una descalcificación ósea, lo cual provoca dolores y fracturas.
Las sustancias necesarias para la coagulación de la sangre tampoco
se absorben correctamente, provocando una tendencia a sangrar fácilmente.
La retención de los productos derivados de
la bilis en la circulación sanguínea puede causar prurito
(con el consiguiente daño de la piel por rascado). Una ictericia
prolongada debida a la colestasis produce en la piel un color barroso
y depósitos grasos amarillos. La causa subyacente de la colestasis
determina si la persona presenta otros síntomas, como dolor abdominal,
pérdida de apetito, vómitos o fiebre.
Diagnóstico
Para determinar si se trata de una causa propia
del hígado, el médico puede preguntar sobre los síntomas
de la hepatitis, la ingestión excesiva de alcohol, o los fármacos
administrados recientemente que puedan provocar la colestasis. La presencia
de pequeños capilares en forma de araña visibles en la
piel (arañas vasculares), un bazo aumentado de tamaño
o la presencia de líquido en la cavidad abdominal (ascitis) son
señales de deterioro de las células hepáticas.
Si la causa es ajena al hígado, el paciente puede experimentar
escalofríos, dolor en las vías biliares o en el páncreas
y un aumento de tamaño de la vesícula biliar, que puede
ser detectado por la exploración directa del médico, así
como mediante el uso de exámenes morfológicos.
Habitualmente en las personas con colestasis, la
concentración en la sangre de una enzima denominada fosfatasa
alcalina es muy elevada. Un análisis de sangre en el que se mida
la cantidad de bilirrubina puede ser un buen indicador de la gravedad
de la colestasis, pero no de su causa. La ecografía, la tomografía
computadorizada (TC) o ambas son exámenes que casi siempre se
realizan si los resultados de los análisis son anormales y ayudan
al médico a distinguir entre una enfermedad hepática y
una oclusión de los conductos biliares. Si se considera que la
causa puede estar en el propio hígado, se puede practicar una
biopsia (extracción de una parte del tejido para su examen al
microscopio), que generalmente determinará el diagnóstico.
Si la causa parece originarse en una oclusión de los conductos
biliares, se suele ordenar un examen de endoscopia (utilizando un tubo
óptico flexible) para establecer la naturaleza exacta de la oclusión.
Tratamiento
Una obstrucción del flujo de bilis en el
exterior del hígado suele tratarse con cirugía o mediante
una endoscopia terapéutica (exploración con un tubo óptico
flexible, con accesorios quirúrgicos). Una obstrucción
en el interior del hígado puede tratarse de varias maneras, según
sea la causa que la provoca. Si la causa probable es un fármaco,
éste debe suprimirse. Si la obstrucción se debe a una
hepatitis, a medida que ésta sigue su evolución la colestasis
y la ictericia, por lo general, desaparecen.
Para aliviar el prurito puede administrarse colestiramina
por vía oral. Este fármaco se fija a ciertos productos
biliares en el intestino, impidiendo su resorción y produciendo
la consecuente irritación de la piel. A menos que el hígado
esté gravemente dañado, la administración de vitamina
K puede mejorar la coagulación de la sangre. Suelen administrarse
también suplementos de calcio y de vitamina D si la colestasis
es persistente, aunque no resultan muy eficaces para la prevención
de las enfermedades de los huesos. El paciente puede necesitar un suplemento
de triglicéridos en caso de que se encuentre una desmesurada
excreción de grasa en las heces.
Aumento de tamaño del hígado
El aumento de volumen del hígado (hepatomegalia)
es un indicador de enfermedad hepática. Sin embargo, mucha gente
que padece una enfermedad hepática tiene un hígado de
tamaño normal o incluso más pequeño. Un hígado
aumentado de volumen no produce síntomas, pero si el aumento
de volumen es excesivo puede causar malestar abdominal o una sensación
de saciedad. Si el crecimiento se produce de forma repentina, el hígado
duele al tacto. Durante una exploración física, el médico
suele determinar el tamaño del hígado palpándolo
a través de la pared abdominal, pudiendo notar también
así su textura.
Por lo general, el hígado se nota blando
si ha aumentado de tamaño a causa de una hepatitis aguda, una
infiltración de grasa, una congestión de sangre o una
obstrucción de los conductos biliares. En cambio, se nota duro
e irregular si la causa es una cirrosis. La detección al tacto
de un nódulo bien definido puede indicar un cáncer.
Hipertensión portal
La hipertensión portal se define como una
presión arterial anormalmente alta en la vena porta, una vena
de gran calibre que lleva la sangre desde el intestino al hígado.
Hipertensión portal
1. Dirección del flujo normal que
proviene de la vena esplénica (a) y de las venas intestinales
(b), confluyendo hacia la vena porta (c).
2. Debido a la cirrosis del hígado, hay una resistencia
al flujo normal de la sangre a nivel de la porta, y de manera
retrógrada, a nivel de la vena esplénica y las
venas intestinales.
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La vena porta recibe la sangre que viene de todo
el intestino, del bazo, del páncreas y de la vesícula
biliar. Después de entrar en el hígado, la sangre se reparte
por pequeños canales que lo recorren. Cuando la sangre sale del
hígado, desemboca en la circulación general a través
de la vena hepática.
Existen dos factores que pueden aumentar la presión
en los vasos sanguíneos del sistema portal: el volumen de sangre
que fluye a través de éstos y el incremento de la resistencia
al paso de la sangre a través del hígado. En los países
occidentales, la causa más frecuente de hipertensión portal
es el incremento de la resistencia a la circulación sanguínea
provocada por la cirrosis.
La hipertensión portal conduce al desarrollo
de venas (denominadas vasos colaterales) que conectan el sistema portal
a la circulación general, sin pasar por el hígado. A causa
de este desvío, las sustancias de la sangre que normalmente filtra
el hígado se introducen directamente en la circulación
sanguínea general. Los vasos colaterales se desarrollan en puntos
específicos, el más importante de los cuales es el extremo
inferior del esófago. Allí los vasos se congestionan y
se vuelven tortuosos, es decir, se transforman en venas varicosas (denominadas
varices esofágicas). Estos vasos congestionados son frágiles
y con tendencia a producir hemorragias, a veces graves. Otros vasos
colaterales pueden desarrollarse alrededor del ombligo y del recto.
Síntomas y diagnóstico
La hipertensión portal provoca frecuentemente
un aumento de volumen del bazo. Una cierta cantidad de líquido
puede salir del hígado y acumularse en la cavidad abdominal ocasionando
así su distensión, un proceso denominado ascitis. Las
venas varicosas situadas en el extremo inferior del esófago y
en el estómago, sangran fácilmente y a veces de forma
masiva. Las venas varicosas del recto también pueden sangrar,
aunque este caso es menos frecuente.
Por lo general, el médico puede palpar un
bazo agrandado a través de la pared abdominal. El líquido
retenido en el abdomen puede detectarse debido al aumento de volumen
del mismo y también por el sonido sordo que se percibe al darle
golpes ligeros (percusión). La ecografía y las radiografías
proporcionan información considerable acerca de la hipertensión
portal. La ecografía puede emplearse para examinar la circulación
sanguínea en los vasos del sistema porta y para detectar la presencia
de líquido en el abdomen. La tomografía computadorizada
(TC) también puede utilizarse para examinar la dilatación
de las venas. La presión del sistema porta puede medirse directamente
insertando una aguja en el hígado o en el bazo a través
de la pared abdominal.
Tratamiento
Para minimizar el riesgo de hemorragia de las varices
esofágicas, el médico puede intentar reducir la presión
en la vena porta. Una forma de hacerlo es administrando propranolol,
un fármaco utilizado para el tratamiento de la hipertensión.
La hemorragia por rotura de las varices esofágicas
se considera una urgencia médica. Para contraer las venas sangrantes
se pueden administrar algunos fármacos por vía intravenosa,
tales como la vasopresina o el octreótido, y hacer transfusiones
de sangre para contrarrestar su pérdida. Habitualmente se realiza
una endoscopia para confirmar que la hemorragia es provocada por las
varices. Las venas pueden bloquearse entonces con vendas elásticas
o con inyecciones de sustancias químicas administradas a través
del mismo endoscopio. Si la hemorragia continúa, se puede hacer
pasar por la nariz un catéter con un globo en la punta y deslizarlo
por el esófago. Al inflar el globo, se comprimen las venas varicosas
y por lo general, la hemorragia se interrumpe.
Si ésta continúa o se repite, se puede
proceder a una intervención derivativa (bypass) para conectar
el sistema venoso de la vena porta con el sistema venoso general (sistémico).
Esto disminuye la presión en la vena porta porque la presión
en el sistema venoso general es más baja. Existen varios tipos
de intervenciones derivativas, entre las que cabe destacar la que se
realiza guiándose con rayos X en el departamento de radiología,
y empleando instrumental especial. Las intervenciones derivativas son
generalmente eficaces para detener la hemorragia, pero representan cierto
riesgo. Además, pueden aumentar la probabilidad de disfunción
cerebral causada por la insuficiencia hepática (encefalopatía
hepática). 
Ascitis
La ascitis es la acumulación de líquido
en la cavidad abdominal.
Tiende a aparecer más en afecciones de larga
duración (crónicas) que en los procesos de corta duración
(agudos). Se presenta muy frecuentemente en los casos de cirrosis, especialmente
en los causados por el alcoholismo. La ascitis también puede
presentarse en enfermedades no relacionadas con el hígado tales
como el cáncer, la insuficiencia cardíaca, la insuficiencia
renal y la tuberculosis.
En los pacientes con enfermedades hepáticas,
el líquido sale de la superficie del hígado y del intestino.
Una combinación de factores es responsable de la ascitis, incluyendo
la hipertensión portal, la reducción de la capacidad de
los vasos sanguíneos para retener el líquido, la retención
de líquidos por los riñones y la alteración de
varias hormonas y sustancias químicas que regulan los líquidos
del organismo.
Síntomas y diagnóstico
En general, si la acumulación de líquido
en el abdomen es escasa, no se producen síntomas, pero una gran
cantidad, puede provocar distensión abdominal y malestar, además
de dificultades respiratorias. Cuando el médico aplica golpes
ligeros (percute) en el abdomen, se produce un sonido sordo. En los
casos de mucha acumulación de líquido, el abdomen está
tenso y el ombligo se aplana o incluso puede sobresalir. En algunos
pacientes con ascitis, los tobillos se hinchan a causa de un exceso
de líquidos (edema).
Si la presencia o la causa de la ascitis no está
clara, se puede hacer una ecografía. Como alternativa, se puede
extraer una pequeña muestra de líquido introduciendo una
aguja a través de la pared abdominal, un procedimiento denominado
paracentesis diagnóstica. El análisis de laboratorio del
líquido contribuye a determinar la causa de su acumulación.
Tratamiento
La terapia básica para el tratamiento de
la ascitis es el reposo total y una dieta con poca sal, generalmente
combinada con fármacos denominados diuréticos, que ayudan
a los riñones a excretar más líquido por la orina.
Si la ascitis dificulta la respiración o la alimentación,
el líquido puede extraerse con una aguja, un procedimiento llamado
paracentesis terapéutica. El líquido tiende a acumularse
de nuevo en el abdomen salvo si la persona toma diuréticos. A
menudo, grandes cantidades de albúmina (la principal proteína
del plasma) se pierden en el líquido abdominal, por lo que esta
proteína debe administrarse por vía intravenosa.
En raras ocasiones se desarrolla una infección
en el líquido ascítico sin razón aparente, especialmente
en pacientes con cirrosis alcohólica. Esta infección se
denomina peritonitis bacteriana espontánea y se trata con antibióticos.
Encefalopatía hepática
La encefalopatía hepática (también
denominada encefalopatía del sistema porta, o coma hepático)
es un trastorno por el cual la función cerebral se deteriora
debido al aumento en la sangre de sustancias tóxicas que el hígado
hubiera eliminado en situación normal.
Las sustancias que se absorben en el intestino pasan
a la sangre a través del hígado, donde se eliminan las
que son tóxicas. En la encefalopatía hepática,
esto no sucede debido a una reducción de la función hepática.
Además, como resultado de una enfermedad hepática, pueden
haberse formado conexiones entre el sistema porta y la circulación
general, por lo que algunas de estas sustancias tóxicas pueden
aparecer en la circulación general sin pasar antes por el hígado.
Lo mismo puede suceder al corregir una hipertensión portal mediante
una operación derivativa (bypass). Sea cual sea la causa, la
consecuencia es la misma: las sustancias tóxicas pueden alcanzar
el cerebro y afectar a su funcionamiento. Se desconoce exactamente qué
sustancias pueden resultar tóxicas para el cerebro, pero parece
tener algún papel la elevada concentración en la sangre
de los productos procedentes del metabolismo proteico, como por ejemplo
el amoníaco.
En pacientes que llevan mucho tiempo afectados de
una enfermedad hepática, la encefalopatía se desencadena,
por lo general, debido a una infección aguda o a un exceso de
bebidas alcohólicas, lo cual aumenta la lesión del hígado.
También puede desencadenarse a causa de la ingestión excesiva
de proteínas, lo cual aumenta los valores en la sangre de los
productos procedentes del metabolismo proteico. La hemorragia en el
tubo digestivo, como la debida a rotura de varices esofágicas,
también puede contribuir a la formación de estos productos
y afectar directamente al cerebro. Ciertos fármacos, especialmente
algunos sedantes, analgésicos y diuréticos pueden también
originar encefalopatía. Cuando se suprime la causa desencadenante,
la encefalopatía puede desaparecer.
Síntomas y diagnóstico
Los síntomas de la encefalopatía hepática
son el resultado de una función cerebral alterada, especialmente
una incapacidad de permanecer consciente. En las primeras etapas, aparecen
pequeños cambios en el pensamiento lógico, en la personalidad
y en el comportamiento. El humor puede cambiar, y el juicio puede alterarse.
A medida que avanza la enfermedad, aparece somnolencia y confusión
y los movimientos y la palabra se hacen lentos. La desorientación
es frecuente. Una persona con encefalopatía puede agitarse y
excitarse, pero no es lo usual. Tampoco son frecuentes las convulsiones.
Finalmente, la persona puede perder el conocimiento y entrar en coma.
Los síntomas debidos a la alteración
de la función cerebral en una persona con una enfermedad hepática
aportan información importante para su diagnóstico. El
aliento puede tener un olor dulzón; además, al extender
los brazos no consigue mantener las manos inmóviles, presentando
un temblor notorio.
Un electroencefalograma (EEG) puede ayudar al diagnóstico
precoz de una encefalopatía. Aun en los casos leves, se observan
ondas cerebrales anormales. En general, los análisis de sangre
muestran concentraciones anormalmente altas de amoníaco.
Tratamiento
El médico busca y trata de eliminar todas
las causas desencadenantes, como por ejemplo una infección o
la ingestión de algún medicamento. También trata
de eliminar las sustancias tóxicas presentes en los intestinos,
suprime las proteínas de la dieta y administra hidratos de carbono
por vía oral o intravenosa para que sirvan como fuente principal
de energía. Un azúcar sintético (lactulosa) administrado
por vía oral proporciona tres ventajas: modifica la acidez en
el interior del intestino, cambiando así el tipo de flora bacteriana
presente, disminuye la absorción de amoníaco y actúa
como laxante (también pueden administrarse enemas evacuadoras).
Ocasionalmente, el paciente puede tomar neomicina (un antibiótico)
en vez de lactulosa; este antibiótico reduce la cantidad de bacterias
intestinales que normalmente participan en la digestión de las
proteínas.
Con el tratamiento, la encefalopatía hepática
mejora casi siempre. De hecho, una recuperación completa es posible,
especialmente si la encefalopatía se produjo por una causa controlable.
Sin embargo, en los comas graves provocados por una inflamación
aguda del hígado, la encefalopatía es mortal en más
del 80 por ciento de los casos a pesar de la prescripción de
un tratamiento intensivo.
Insuficiencia hepática
La insuficiencia hepática se define como
un grave deterioro de la función del hígado.
Aparece como consecuencia de cualquier tipo de trastorno
del hígado, tales como la hepatitis vírica, la cirrosis,
así como las lesiones producidas por el alcohol o por medicamentos
como el paracetamol (acetaminofén). Para que se presente una
insuficiencia hepática, gran parte del hígado debe estar
lesionado.
Síntomas y diagnóstico
Una persona con insuficiencia hepática suele
presentar ictericia, tendencia a sangrar, ascitis, alteración
de la función cerebral (encefalopatía hepática)
y una salud precaria generalizada. Otros síntomas frecuentes
son cansancio, debilidad, náuseas y falta de apetito.
Las manifestaciones clínicas por sí
mismas ya son muy indicativas de la existencia de una insuficiencia
hepática. Los análisis de sangre muestran una grave alteración
de la función hepática.
Pronóstico y tratamiento
El tratamiento dependerá de las causas y
de las manifestaciones clínicas específicas. Generalmente
se aconseja una dieta estricta. El consumo de proteínas se controla
cuidadosamente: el exceso puede causar una disfunción cerebral;
la carencia provoca una pérdida de peso. El consumo de sodio
debe ser bajo para evitar la acumulación de líquido en
el abdomen (ascitis). El alcohol está completamente prohibido,
ya que podría agravar el daño del hígado.
Finalmente, la insuficiencia hepática es
mortal si no se trata a tiempo, o bien si la causa se agrava. Aun con
el tratamiento adecuado, puede resultar irreversible. En casos terminales,
el paciente puede morir a causa de una insuficiencia renal (síndrome
hepatorrenal), que aparece cuando el hígado ya no funciona. Un
trasplante de hígado, si se practica en el momento oportuno,
puede restablecer la salud, pero este procedimiento sólo está
indicado en una minoría de pacientes con insuficiencia hepática.